Bueno, a quien esto escribe le gustaría conocer un montón de lados. Sería fabuloso ir a Las Vegas, la Disneylandia de los adultos, y apostar en una mesa de blackjack, pero no como Gustavo Ponce, el exsecretario de Finanzas de Andrés Manuel López Obrador en el Distrito Federal, que lo hacía en un salón exclusivo del Bellagio, esto antes de que se declarara la austeridad republicana, por supuesto. Mejor limitaría la experiencia a echar centavos en unas máquinas tragamonedas, quien quite y haya suerte.
Visitaría a mis familiares en California, Chicago y Texas, pero si me dieran a escoger, regresaría a Nueva York. Me hubiera encantado estar en el Madison Square Garden para ver a los Knicks alzar el título de la NBA por primera vez en 53 años. No iría a ver la Estatua de la Libertad, obra contradictoria a sus intenciones de democracia, esperanza y fin de la opresión. Me daría una vuelta por el Met, el MoMA y el Guggenheim para rematar con un Martini en alguno de sus famosos bares y una noche la dedicaría a un concierto del Knitting Factory.
En Washington DC, la capital, pues me daría curiosidad ver la Casa Blanca, el Capitolio, el Monumento a Washington y el Monumento a Lincoln, esto solamente impulsado por la serie House of Cards, a la que cualquiera se engancha sin remedio. Si a razones banales vamos, desde luego que en Filadelfia subiría las famosas 72 escaleras de Rocky, en el Museo de Arte de Filadelfia y no me podría resistir a los famosos sándwiches de filete de esa ciudad (los philly cheesesteaks).
Si pudiera, secuestraría a mis sobrinos para hacerlos víctimas de una semana en el EPCOT Center, de Orlando, y en Miami bebería mojitos.
El territorio de nuestros vecinos del norte también posee impresionantes atractivos naturales. Hay evidencia gráfica de sobra de que el Gran Cañón, en Arizona, es uno de los sitios más espectaculares del mundo. El Parque Nacional de Yellowstone goza de celebridad por sus géiseres, fuentes termales y abundante fauna. El de Yosemite, en California, es conocido por sus enormes acantilados, cascadas, bosques y paisajes montañosos.
En San Francisco, famoso por el Golden Gate y la antigua prisión de Alcatraz (de donde escapó Clint Eastwood en el filme Fuga de Alcatraz) pasaría a ver qué llevar de la librería City Lights. Los Ángeles me interesa más por su arquitectura que por Hollywood y sus estudios cinematográficos, pero definitivamente rastrearía las improntas de Fernando Valenzuela. Y ya que andamos en asuntos beisboleros, haría lo posible por ver un juego del japonés Shohei Ohtani con los Dodgers ante la imposibilidad de ver al ídolo de mi infancia, Magic Johnson. Consciente soy, asimismo, del peligro que correrían mis finanzas personales si entrara a alguna tienda de Amoeba Music.
El caso es que Estados Unidos ofrece una combinación excepcional de historia, cultura, arquitectura y naturaleza. Sus atracciones permiten descubrir diferentes aspectos de una nación multicultural, llena de coincidencias y disidencias, asuntos abordados en una bibliografía inconmensurable.
Ignoro y me importan un pito las razones de Andy para querer ir a Estados Unidos, pero su burda carta lo vuelve a desnudar: dice mucho más sobre su lamentable personalidad que sobre el hecho de que le hayan cancelado la visa. Pero bueno, ¿qué mexicano bien nacido se va de vacaciones a Japón a sacudirse las “extenuantes jornadas de trabajo”?
CAJA NEGRA
Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Sergio Pitol y Octavio Paz tienen dos cosas en común, a saber: se hicieron acreedores del Premio Cervantes (el Nobel de las letras hispanas) y publicaron en Ediciones ERA, que en algún momento lanzó una versión de Guerra en Paterson, volumen con espléndidas crónicas del reportero John Reed, un improbable manual de periodismo de las escuelas de comunicación. Desde este modesto espacio, mis mejores deseos para ERA y sus lectores.
