Qatar 2022: el anfitrión hostil (II)

Desde que fue designada hace 12 años, una tormenta de dudas cayó sobre Qatar, mal tiempo que no tiene fin.

Si una nación como Qatar no está lista para eso que suele llamársele “apertura", ¿cómo demonios pretenden organizar un mundial? Si uno de los discursos recurrentes de la FIFA ha sido el de expulsar el racismo y la discriminación, ¿por qué las políticas cataríes cambiarán o se verán alteradas durante el mes que dura el torneo, que empieza mañana?

Se estima que millón y medio de aficionados asistirá a esa parte del Golfo Pérsico. El anfitrión ha invertido más de 220 mil millones de dólares en infraestructura: un aeropuerto, transporte, grandes edificios y, por supuesto, estadios.

Los problemas, sin embargo, ya comenzaron. Los organizadores de Qatar 2022 se disculparon con un canal de la televisión danés, cuyo enlace en vivo desde Doha fue interrumpido por personal de seguridad dado que estaba prohibido grabar, pese a que el reportero mostró la acreditación correspondiente. En un momento surgió la amenaza de destruir la cámara. Pero todo se trató de “un error”, señaló en un comunicado el comité organizador de la Copa del Mundo.

Desde que fue designada hace 12 años, una tormenta de dudas cayó sobre Qatar, mal tiempo que no tiene fin. Las investigaciones por casos de corrupción al otorgar la sede es un expediente abierto. Lo más delicado, sin embargo, es el trato que autoridades y empresas cataríes dan a los obreros migrantes que hicieron posible la “nueva Doha”. Entre las denuncias están la retención de salarios y el número de trabajadores muertos, que se cuentan por miles, durante el tiempo que duraron las obras, según diversos reportes.

Recientemente, Khalid Salman, embajador de Qatar 2022, expresó en una entrevista para el canal alemán ZDF que la homosexualidad, castigada en ese país, es “un daño mental”. Aunque Salman se defendió al señalar que sus palabras fueron “sacadas de contexto”, en aquella conversación señaló que los visitantes con “otras” preferencias sexuales serían tolerados, pero “tendrán que adaptarse y aceptar nuestras normas”.

Algunas de las 32 selecciones nacionales que competirán en el Mundial han externado su preocupación por los derechos humanos del anfitrión de un deporte que, en el papel, representa unidad, no división.

Precisamente en estos días la FIFA prohibió a los jugadores de Dinamarca entrenar con ciertas ropas. La Federación Danesa había solicitado licencia para que sus futbolistas portaran playeras con el mensaje “Human Rights for All” (“Derechos humanos para todos).

Los jugadores de futbol en particular y los atletas en general son los “héroes de nuestro tiempo”, en la atinadísima definición del periodista español Santiago Segurola. En ese sentido, quizás en Qatar 2022 se vaya a echar de menos la voz siempre crítica y radical de Maradona, o las puntuales reflexiones de Eduardo Galeano desde su sofá favorito de Montevideo, frente a la tele, cada vez que había un Mundial, con un letrero afuera de su casa: “Cerrado por futbol”.

Como sea, pocas figuras globales como el argentino Messi o el portugués Cristiano Ronaldo para ejercer influencia, especialmente al tratar de buscar una solución a las problemáticas pendientes de atender de las agendas sociales de cualquier país. A principios de año, el francés Eric Cantoná, exestrella del Manchester United, convertido en actor de teatro y cine, dijo que, sencillamente, no verá los partidos del Mundial: “Han muerto miles de personas construyendo los estadios. Y aun así vamos a celebrar la Copa del Mundo allí. Es horrible”.

Más modestamente, algunos dueños de bares de Alemania no pasarán los juegos del Mundial en protesta por las violaciones a los derechos humanos del país sede. Y si hablamos de beber, los controles sobre el alcohol en Qatar y sus elevados precios persuadirán al grueso de los aficionados a disfrutar cervezas, bebidas obligadas en cualquier estadio.

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