Prietitos en el arroz

El malestar de los que se manifestaron hace una semana lo provoca el hombre que habita Palacio Nacional, pero los que despachan en ambas Cámaras con colores distintos al guinda no cantan mal las rancheras. Habría que hacerles una visita masiva.

Están las ideas y los discursos, pero también brotan las soflamas y los insultos. En primer término, figura Lorenzo Córdova, expresidente del Instituto Nacional Electoral, único orador en el mitin en el Zócalo tras la “Marcha por la democracia”, así llamada por sus organizadores. Sobre el reciente paquete de reformas, Córdova señaló a todo pulmón que “se busca que las elecciones sean organizadas y la justicia impartida por funcionarios y jueces electos con el apoyo del partido mayoritario. Se buscan, pues, a jueces que respondan a un partido. Se busca desaparecer a los órganos autónomos para que sus estructuras sean absorbidas enteramente por el gobierno, es decir, lo que se pretende es desaparecer su autonomía para que sus tareas vuelvan al Ejecutivo, tal como ocurría hace 30 años...”.

Tiene razón. El presidente López Obrador ha reiterado su rechazo hacia ciertas entidades por sus altos costos y al Poder Judicial que defrauda al pueblo, lo que ello signifique. Ha sido muy suya, en fin, la aporía de que por encima de la ley está la “autoridad moral”. Sin embargo, entre las expresiones en contra de López Obrador hay inconvenientes. No se puede desbordar el optimismo sobre la marcha rosa del pasado domingo. No cuando representantes de los partidos que impulsan a la candidata de la oposición palomearán en lo general esas reformas, acto que, en efecto, mermaría nuestra democracia. El malestar de los que se manifestaron hace una semana lo provoca el hombre que habita Palacio Nacional, pero los que despachan en ambas Cámaras con colores distintos al guinda no cantan mal las rancheras. Habría que hacerles una visita masiva.

Por otro lado, el grito de guerra durante de la marcha “¡Narcopresidente! ¡Narcopresidente!” supone una contradicción: Durante todo el sexenio se ha acusado a López Obrador de “dictador”. La escena resultaría dantesca: un primer mandatario que cuenta con la lealtad del Ejército, al grado de que los militares ejecutan labores civiles, además de la musculatura del crimen organizado. Ni la junta militar argentina imaginó tanto. Nadie negará que los historiadores del siguiente medio siglo se van a entretener. Por otro lado, qué mejor elemento de que México sea un “narcoestado” que un exsecretario de Seguridad preso en Estados Unidos por sus vínculos con el crimen organizado.

Sobre la marcha, un motor clave de la historia es el resentimiento que, en el caso mexicano, se acumula desde el indio, el campesino, el obrero, el inmigrante y, desde luego, en el naco que votará por la candidata del partido que le garantiza su dinerito sin trabajar, denuncian ciudadanos conscientes del peligro que se nos avecina en caso de que una judía búlgara, que tuvo el descaro de reunirse con el Papa, porte la banda presidencial.

La polarización de hoy acaso nos lleva a un caso insólito de honestidad. La valiente, proclamada por López Obrador hace años, y la de los ciudadanos informados, hartos de los políticos, según pregonan. Sobre la primera hay dudas razonables. Sobre la segunda, certezas registradas en redes sociales. Vea usted la siguiente joya de una tiktokera: “No puede ser posible que el voto de una persona de un nivel socioeconómico muy bajo, que fue comprado por una despensa, tenga el mismo valor que de una persona que esté bien informada”. Se dirá que esa postura no es la de todos, pero está bien visto que ese pensamiento coincide en no pocos ciudadanos que se vistieron de blanco y rosa.

CAJA NEGRA

La gente grande quizás recuerde cuando Madaleno escribió en una cartulina el teléfono de Daniel Pérez Arcaraz, ausente por enfermedad en el Club del Hogar: “Llámenle a su casa, se los va a agradecer”. Fue una broma muy pesada, pero que López Obrador haya dado a conocer el número del teléfono de una periodista de The New York Times sale de toda proporción. En fin, cada quien actúa raro cuando se enoja.

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