Paco Stanley, parteaguas criminal
Ningún medio electrónico o impreso se podía dar el lujo de renunciar al seguimiento a las novedades en las investigaciones.
El mundo ha cambiado. México también. Al calor de los comentarios, los enemigos declarados de Andrés Manuel López Obrador ciertamente aseguran que hoy día estamos peor. Para los simpatizantes de la Cuarta Transformación, en cambio, se inició un trabajo que está en proceso. Ya lo dijo Marcelo Ebrard en su paso hacia la Presidencia: el gobierno de López Obrador hizo los cimientos, ahora toca alzar los pisos.
Sin embargo, hay pendientes. El de la inseguridad resulta alarmante. Pasan los días y los años, y las muertes violentas, en lugar de disminuir, se multiplican ante nuestros ojos sin que sea necesario aguardar las sombras de la noche, cuando se supone que esas cosas se llevan a cabo. A la luz del día, en cualquier lugar, el ciudadano de a pie puede convertirse en testigo o víctima de un homicidio.
En ese sentido, el 7 de junio de 1999 podría marcarse como el día en que se cruzó la línea de los ataques directos. Rayando el mediodía de esa fecha, el conductor de televisión Paco Stanley fue ejecutado al recibir sendos impactos tras una lluvia de balas cuando salía de una taquería sobre Periférico Sur. Ciertamente, no fue la primera ocasión en que alguien sufría un atentado con el sol a plomo, pero la popularidad de Stanley surtió los efectos correspondientes por tratarse de un personaje de ese nivel, lo que dejó incidentes similares al margen… hasta que llegaron las redes sociales, el big brother de esta era.
Casi un cuarto de siglo después, la serie documental El show, crónica de un asesinato, que aborda los hechos que llevaron a la muerte de Paco Stanley, nos recuerda que México ha cambiado. Las reglas del juego son otras desde ese asesinato. La causa de la muerte de Stanley fue excepcional. Ahora las muertes violentas son regla. Con la ejecución del también comediante, México se conmocionó. Hoy no prestamos mínima atención a nombres y apellidos, sólo a indicadores empapados de sangre. Por la época, sin embargo, se mencionaba que nuestro país se estaba “colombianizando”. Hoy, el Presidente saluda de mano a la madre de un capo.
Pero hay cosas que no cambian en México, como la impartición de justicia, cuestión asimismo central, desde mi punto de vista, en la citada serie. La edecán Paola Durante, que trabajaba en el programa de Stanley en Televisión Azteca, acusada de planear el ataque con Erasmo Pérez, alias El Cholo, un semianalfabeta de vida marginal dentro de una espiral de consumo de drogas. Ambos azuzados por Mario Bezares, Mayito, patiño de mil batallas de Stanley desde que en su andar se cruzó por los pasillos de Televisa. Los tres señalados por el procurador capitalino Samuel del Villar (1945-2005), del que no se podía decir que tuviera un pelo de tonto, pero que evidentemente el caso Paco Stanley representó su Waterloo.
Hay otra variable que ofrece la serie. Desde el momento en que ocurrió la trágica noticia, el asunto se convirtió en un show, como sugiere su título. Ningún medio electrónico o impreso se podía dar el lujo de renunciar al seguimiento a las novedades en las investigaciones. Ningún reportero pendiente del caso, asimismo, quiso perderse el día que marcaría el futuro de los acusados, tratados como portadores de la peste una vez que se ordenó su inmediata libertad.
En realidad, Paco Stanley fue mucho más que ese regordete y simpático showman de la televisión mexicana. Su relación con el narcotraficante Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, ha quedado patente en varios testimonios.
CAJA NEGRA
El escritor regiomontano Diego Enrique Osorno ha hecho un espléndido trabajo como director de El show, crónica de un asesinato, pero, asimismo quien esto escribe le ha visto un par de documentales atendibles: 1994, año que le dice todo a los mexicanos que lo padecimos en carne propia, y Vaquero del mediodía, sobre la vida, obra y desaparición del poeta Samuel Noyola.
