Otros datos, otros principios

De los tres Marx que se le vienen a la mente hoy en día al lector de estas líneas, hay uno cuyas frases son geniales. Pero no, no se trata, en este caso, del injustamente señalado como autor intelectual de los polémicos Libros de Texto Gratuitos, Karl Marx. Éste, ...

De los tres Marx que se le vienen a la mente hoy en día al lector de estas líneas, hay uno cuyas frases son geniales. Pero no, no se trata, en este caso, del injustamente señalado como autor intelectual de los polémicos Libros de Texto Gratuitos, Karl Marx. Éste, señalan los acerbos críticos de la 4T, inspira a Marx Arriaga, pero sobre todo, formuló teorías atendibles que sus estudiosos, concentrados en los invernaderos académicos, se han devanado los sesos al extrapolarlas a cualquier tipo de ámbitos. Arriaga, por lo demás, no se ha caracterizado por esto último, precisamente. ¿Quién nos queda? El gran Groucho Marx y su célebre axioma: “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”. Y en tiempos de campañas, cualquier ideal es flexible.

El poder político de México ha cambiado. Así como hay otros datos, los principios son otros. El presidencialismo tenía una influencia gigantesca que, sin más, se respetaba. Prácticamente ningún miembro del gabinete se movía sin el visto bueno, con licencia para matar (es un decir), del “dueño sexenal”, que entregaba la estafeta de manera un tanto anticipada, como señal de quién sería el elegido a sucederle, el histórico “dedazo”.

Hacia el final de la administración de Ernesto Zedillo, el PRI simuló un mecanismo “democrático” para designar a su candidato. Fue cuando al publicista Carlos Alazraki se le ocurrió el “Dale un madrazo al dedazo”, frase hecha a la medida de su cliente, Roberto Madrazo, siempre aspirante incómodo a la silla grande. Al final del día ese eslogan quedó como eso, una simple ocurrencia, pues los dados estaban cargados hacia Francisco Labastida, el primer candidato perdedor del partido que ostentó el poder por 70 años.

Vicente Fox cobró fama por anunciar, entre bromas y veras (como hoy lo hace su imitadora, Xóchitl Gálvez), que llevaría las riendas del país de manera diferente. Lo que nunca dijo es que se quería parecer a sus antecesores a la hora de elegir a su gallo. Con la decidida asistencia de la primera dama Marta Sahagún, o por iniciativa de ella, se quiso imponer al PAN, pero irrumpió Felipe Calderón, por lo que el grandote guanajuatense declaró que esa aspiración estaba “fuera de lugar, fuera de tiempo” (igual que las precampañas de este 2023). Era demasiado tarde. El gol ya se había anotado.

Andrés Manuel López Obrador modificó la manera de dar el banderazo de salida a la candidatura presidencial del partido en el poder. El “corcholatismo” surgió como novedad y muy temprano dominó la conversación nacional. Se intensificó con el paso de los meses, fusionándose con las noticias duras de la economía y la política de la 4T. Sin embargo, poquito después de recibir la banda presidencial, López Obrador mostró hasta con orgullo su preferencia por Claudia Sheinbaum, que, aseguran funcionarios de distintos niveles, ha recorrido los pasillos de Palacio Nacional con aires de alteza, consciente de su condición de favorita. Ahora se presenta en mítines y se dirige a sus simpatizantes con acento “tabasqueño” (supongo que, en ese sentido, hay que agradecer que el presidente sea López Obrador y no Brozo o Chabelo).

Le sobra razón a Beatriz Paredes cuando señala que “para combatir a la corrupción lo primero que tiene que ser es que tú no seas corrupto. Lo primero que tiene que ser es que tengas las manos limpias, que en tu hoja de servicios nunca hayas tenido una denuncia y no hayas permitido que se generaran negocios a partir de tu responsabilidad gubernamental”. Te digo, Juan, para que me entiendas, Xóchitl.

Pero también atinan quienes apuntan que Claudia Sheinbaum hace uso de programas sociales para fines electorales. Hoy día en que todos se dicen honestos y valientes, conviene regresar a Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”.

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