Mundial: la pausa nacional (V)

11 de junio.- Subí al camión que recorre toda la avenida Revolución cuando faltaban cinco minutos para las tres de la tarde. Plan con maña: salir de casa, en Tacubaya, rumbo a la redacción de Excélsior unos diez minutos antes del silbatazo final del México-Sudáfrica. La lógica me indicó que ese margen bastaría para esquivar el estruendo colectivo que suele acompañar cualquier triunfo de la Selección Mexicana, y más aún cuando hablamos, tras ocho intentos, de la primera victoria del Tricolor en un partido inaugural de Mundial.

El chofer del camión hizo un acto de servicio público, pues traía en el radio el relato del partido, por lo que el desenlace del encuentro me alcanzó a la altura de la estación Mixcoac. Silbatazo final y la transmisión estalló en gritos y euforia. Afuera, calles semivacías, banquetas desiertas, negocios con televisión y apenas algún transeúnte rezagado. La ciudad se puso en pausa.

Entonces recordé un viejo texto de Umberto Eco. Decía algo así como que cuando juega la selección italiana en un Mundial, era la única oportunidad de caminar tranquilo por las calles. Algo parecido ocurre en México, con la salvedad de que en esta ocasión se abrió el campeonato en casa, lo que no es un mérito menor. 

El caso es que durante los 90 minutos de tiempo reglamentario la nación suspende sus labores, posterga sus pendientes y aplaza incluso sus urgencias. La política, la inseguridad, las deudas y los agravios quedan momentáneamente en segundo plano. Me vino un déjà vu. En Estados Unidos 94, dejé el decisivo México-Italia al terminar la primera parte. Salí corriendo a Ciudad Universitaria a un examen. Sí, la UNAM, que ostenta una autonomía que yo jamás presumiría, demanda a sus estudiantes cumplir con sus deberes. Llegué instantes antes de la hora pactada y algún compañero avisó que no habría prueba ese día “por el partido”. Sin celulares ni apps, uno no podía prevenir gran cosa. 

Pero regreso al presente. Lo extraordinario fue la ciudad. El trayecto que normalmente exige entre 35 y 40 minutos, a veces más, dependiendo del humor del tráfico capitalino, se resolvió en apenas 26. Nunca había atravesado tan rápido la citada avenida, normalmente congestionada. Mientras millones observaban el tiempo agregado del juego en la pantalla, yo comprobé sus efectos prácticos desde la ventanilla de un camión.

Hay fenómenos sociales que los economistas miden en productividad y los sociólogos en comportamiento colectivo, pero pocas cosas resultan tan eficaces para descongestionar una metrópoli de más de 20 millones de habitantes como 11 mexicanos que juegan con un balón.

Una vez que la banda Seven Minutes of Nausea tomó el nombre de la famosa novela de Jean-Paul Sartre, convirtió el ruido en manifiesto. Desde Australia, a finales de los años 80, llevó la velocidad y la distorsión a un extremo insólito: canciones de apenas segundos, detonaciones sonoras que rompieron los límites del punk extremo. La Ciudad de México suele sonar como Seven Minutes of Nausea: caos, estridencia y aceleración permanente. Pero durante el México-Sudáfrica fue al revés: avenidas fluidas y silencios improbables. Una recompensa para los misántropos y una capital que durante 90 minutos fue algo así como un paraíso.

El problema vino el día después. El mismo recorrido en transporte público se hizo en 52 minutos, entre empujones y la alegría mundialista olvidada en casa. ¿Quién puede asegurar que la CDMX es un manicomio? ¿Quién puede asegurar que la CDMX no es un manicomio? Quizás exageré. Pocos aguantan un mal partido de futbol, pero nadie es capaz de soportar siete minutos de náusea.