Más lopezobradoristas que López Obrador
La identidad del movimiento ya no depende de un liderazgo carismático, sino de quienes lo administran.
El zipizape de Marx Arriaga, atrincherado en su oficina de la SEP, pero finalmente desterrado del gobierno, lleva a considerar a personajes de la 4T cuyo fanatismo los llevó a tatuarse a Andrés Manuel López Obrador en el alma, no obstante que la sangre de éste es la que se va de vacaciones a Tokio o vive en Houston o donde sea. Cada quien es dueño de sus actos, pero está claro que los ideales, aunque la 4T no está exenta de ambivalencias, son poderosos.
En ese sentido, toda transformación política enfrenta, tarde o temprano, la paradoja de tornarse en estructura, y ahí es cuando aparecen los intérpretes, algunos de los cuales se hacen devotos. A veces, incluso, más devotos que el propio fundador de algún movimiento.
Ese fenómeno, conocido en la ciencia política como sobreidentificación, se asoma en distintos espacios de la 4T. La lógica es sencilla. Cuando un proyecto político se define en términos morales (pueblo contra élites, transformación contra privilegios, honestidad contra corrupción), la lealtad deja de medirse por resultados. Empieza a tomarse más en cuenta el tono, el discurso, la intensidad. Y surge la competencia por la pureza.
En la 4T conviven perfiles pragmáticos y operadores ideológicos. El propio López Obrador se alza, en ese sentido, como “la construcción de un liderazgo fascinante”, según la tesis de un libro de Luis González de Alba. Hay en López Obrador una retórica polarizante, sí, pero combinada con disciplina fiscal, respeto a la autonomía del Banco de México y cautela frente a reformas económicas de alto riesgo. López Obrador hablaba con tono de ruptura, pero gobernaba con considerable prudencia. Arremetía contra los neoliberales, pero su gestión no se distanció de ellos.
Sin embargo, no todos sus cuadros siguieron esa ruta.
En distintos ámbitos han surgido figuras cuya actuación privilegia la confrontación o la narrativa doctrinaria. En educación, medios, cultura o política, nombres como el del citado Marx Arriaga, Sanjuana Martínez o Jenaro Villamil han sido percibidos por críticos y analistas como parte de una “batalla cultural” del proyecto.
En la disputa política, Gerardo Fernández Noroña o Martí Batres representan un estilo de trinchera permanente de la que surgen dividendos.
Pero el fenómeno no es exclusivo de la 4T ni de México. Ocurre en movimientos de izquierda y de derecha, en gobiernos populistas y en partidos tradicionales. Cuando un liderazgo carismático fija grandes principios, pero deja margen de interpretación en la operación cotidiana, algunos actores endurecen la línea para demostrar lealtad, ganar visibilidad o disputar espacio dentro del movimiento.
En ese escenario, el riesgo es evidente. Cuando la pureza ideológica desplaza al criterio, la gestión pierde eficacia. La narrativa de combate suele contaminar la acción institucional, por lo que crece la polarización. Y cuando los operadores elevan el tono, más allá del equilibrio del liderazgo original, el costo político termina pagándolo el propio proyecto.
Hay, además, un factor de coyuntura. La 4T entra en una etapa distinta, la del lopezobradorismo sin López Obrador, una situación quizás única. En ausencia, el expresidente mantiene una presencia taladrante.
Hoy por hoy, la identidad del movimiento ya no depende de un liderazgo carismático, sino de quienes lo administran. Las transformaciones políticas no se desgastan por falta de convicción. Se desgastan cuando el entusiasmo rebasa a la convicción. La causa saca de proporción el sentido de realidad. A veces, el mayor riesgo para un proyecto no está en sus adversarios, sino en el fervor nocivo.
