Los seres queridos
En años recientes, acaso el trato con los animales domésticos se ha tornado “más humano”. Las mascotas tenían prohibido el acceso a restaurantes, cafés y demás establecimientos, situación que cambió, para bien, con los locales pet friendly, inimaginables a inicios del presente siglo.
Jorge Ibargüengoitia escribió en Excélsior sobre la ocasión en que un vecino le daba de palos a su perro, por lo que le dijo algo así como: “Oiga, amigo. Usted le puede pegar a su esposa, a su hijo o a su perro, siempre y cuando los demás no escuchemos nada”. El mordaz escritor guanajuatense remató con que, efectivamente, el tipo golpeaba a su esposa y a su hijo, pero que el perro había hecho mucho más escándalo.
En 1947, el novelista inglés Evelyn Waugh fue a Hollywood a negociar los derechos cinematográficos de Retorno a Brideshead (1945) y aprovechó una mañana para visitar el panteón Forest Lawn Memorial Park, lugar “de fe” que le recomendaron por sus paisajes de sensibilidad y buen gusto. Sin embargo, Waugh se topó exactamente con lo contrario: memoriales a la ridiculez, esculturas y nichos que a sus ojos parecían obra de un pastelero; todo ese gran espacio de “espiritualidad” era, en realidad, una postal grotesca tras otra. Pero esa experiencia amarga le sirvió como material para Los seres queridos (1948), novela sobre la estrambótica industria funeraria en la que se incluye un cementerio para mascotas de nombre tan sarcástico como memorable: El coto de caza más dichoso.
En años recientes, acaso el trato con los animales domésticos se ha tornado “más humano”. Las mascotas tenían prohibido el acceso a restaurantes, cafés y demás establecimientos, situación que cambió, para bien, con los locales pet friendly, inimaginables a inicios del presente siglo. Va una diferencia importante: durante las labores de rescate por el terremoto del 19 de septiembre de 1985 que azotó al entonces Distrito Federal, a nadie se le ocurrió procurar a esos seres queridos, perros y gatos, principalmente, y llevarlos a un albergue, esfuerzo loable, no exento de problemas, tras el sismo del 19 de septiembre de 2017 de la ya CDMX.
Sin embargo, todo ello fue posible, en buena medida, gracias al activismo en defensa de los derechos de los animales que ha dado leyes en la materia. La lucha fue larga e intensa para todos aquellos interesados en estas cuestiones que hasta hace no mucho a nadie le importaban.
En ese sentido, lo que ocurrió el martes pasado en Querétaro es revolucionario. En un juicio penal sobre maltrato animal, un hombre fue condenado a más de diez años de cárcel por el asesinato de Athos y Tango, perros de rescate de emergencia de la Cruz Roja Mexicana. Se trata del primer caso de su tipo con una condena tan larga en la historia de nuestro país. Se comprobó que el autor de este crimen planeó todo y envenenó a ambos canes. Además, el culpable debe pagar más de dos millones de pesos por la reparación del daño y una multa de 115,000 pesos. Aunque el cobarde éste puede apelar, el asunto ya puso en evidencia hasta dónde pueden llegar las autoridades competentes en casos similares.
Es evidente que el daño es irreparable, pero la abogada Mónica Huerta, que llevó el caso de Athos y Tango, dijo que la jueza consideró que el grado de afectación por la pérdida de ambos perros fue alta, pues en definitiva hay un daño a la sociedad, por la labor que los canes realizaban en la Cruz Roja.
Las redes sociales han auxiliado a detectar casos de maltrato animal. Aquí y allá circulan videos y fotos sobre miserables que agarran a patadas o a machetazos o a balazos a animalitos indefensos, nomás porque sí.
Vistas las cosas del caso jurídico de Athos y Tango, contamos con leyes, pero el camino hacia la justicia puede estar empedrado entre servidores públicos incompetentes y jueces corruptos. Como escribió la Nobel polaca Wislawa Szymborska, ojalá haya de vez en cuando odio al odio. “Porque a fin de cuentas/lo que hay es ignorancia de la ignorancia/ y manos ocupadas en lavarse las manos”.
