La gentrificación organizada

Donde antes había una ferretería, ahora hay un pilates, la fonda Mi Lupita se convirtió en un brasserie... y los habitantes de un viejo edificio de departamentos fueron desalojados con el propósito de hacer un Airbnb.

Contar con una vivienda digna es un derecho humano fundamental, no un valor de mercado. Según Naciones Unidas, la vivienda constituye la base de la estabilidad y la seguridad de los individuos y las familias. Es el punto de partida para hacer comunidades que cuenten con seguridad y servicios en los que se vean reflejados nuestros impuestos.

Sin embargo, la Ciudad de México se ha convertido en un laboratorio que trastoca la vida de los barrios. Donde antes había una ferretería, ahora hay un pilates, la fonda Mi Lupita se convirtió en un brasserie, la librería de viejo ahora tiene un letrero de barbershop y los habitantes de un antiguo edificio de departamentos fueron desalojados con el propósito de hacer un Airbnb. La gentrificación, sin más, es un fenómeno que requiere regulaciones constantes, pero ¿cómo llegamos a este punto?     

Uno: la gente quisiera rentar “dentro” de la CDMX. Un grueso importante de la fuerza laboral de la capital del país vive en las periferias, en el Estado de México e Hidalgo, en “ciudades dormitorio”. Llegar a sus centros de trabajo y regresar a casa le toma 20 horas a la semana, o más, no importa si van en transporte público o en auto propio. Es deseable rentar cerca de nuestro destino diario, pero los precios están por los cielos. Los especialistas indican que en el reciente lustro el precio promedio del metro cuadrado en colonias de la alcaldía Cuauhtémoc aumentó entre 30 y 50%. Pero en colonias como Roma, Condesa, Escandón y barrios como Santa María la Ribera o San Rafael lucen edificios semivacíos.

Dos: las autoridades le hicieron el caldo gordo a negocios particulares. La cercanía a escuelas y hospitales, por ejemplo, son factores a considerar para forjar un hogar. Gobiernos de la CDMX han destinado recursos para mejorar calles, banquetas y alumbrados de colonias que tienen cerca estaciones del Metro o Metrobús o la opción de la Ecobici. Es decir, la plusvalía de los edificios nuevos o remodelados se la otorgan los espacios públicos diseñados y mantenidos gracias a los contribuyentes de Hacienda.

Tres: la inversión como generadora de crisis. En lugar de apartamentos ocupados que le pongan vida a las colonias céntricas, la capital del país tiene un grave problema de especulación inmobiliaria. Un caso es el de los polígonos, creados por el gobierno capitalino para el desarrollo, la transformación de los espacios públicos, la movilidad urbana y la preservación del patrimonio. Uno de esos polígonos es el de Tacubaya, cuyos vecinos pelean con las autoridades por ver resultados en su barrio, no en colonias vecinas como la Escandón. En esta última área, hace meses, había un letrero patético: “Departamentos exclusivos en la Nueva Condesa”. Esto es, la Nueva Condesa está en el corazón de la Escandón y se alza con el dinero de Tacubaya. 

Cuatro: la gentrificación es un negocio jugoso. Cuando las ciudades son vistas como mercancía, privan del arraigo a generaciones de sus habitantes. Los nómadas digitales provenientes de naciones con estupendos salarios no tienen la culpa, pero son parte del problema: ganan en dólares (o en euros o libras esterlinas) y rentan en pesos. Se dice que uno ya no trabaja para vivir; se vive para trabajar.

Cinco: Clara Brugada reaccionó tarde y mal. Alejandra Frausto, secretaria de Turismo de la CDMX, tenía convencida a la jefa de Gobierno de abordar el asunto una vez concluido el Mundial de Futbol del año que entra, que México organizará con Estados Unidos y Canadá. Pero el asunto estalló. Está convocada una segunda marcha antigentrificación, mañana. Frausto pasó de noche como titular federal del sector Cultura.

Seis: una cosa es vivir y otra invertir. Mal de muchos, ganancia de pocos. Hay quienes confunden libre mercado con desenfreno comercial. Y no les va nada mal.

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