Ignacio Trejo Fuentes: lector, autor, bebedor
Bebedor diurno, los animales nocturnos no le fueron para nada ajenos. Acaso a manera de involuntaria despedida a lo que se transformaría en CDMX.
Varios colegas y amigos de Ignacio Trejo Fuentes se congregaron el pasado miércoles en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia para homenajearlo. El cronista y crítico literario, formador de varias generaciones de periodistas y narradores, falleció el 31 de mayo, a los 68 años. No sólo los ponentes, Josefina Estrada, Marcial Fernández, Armando González Torres y el moderador José Luis Martínez, hicieron énfasis en las virtudes de Nacho, sino también que entre el público otros viejos compañeros de publicaciones y cantinas como Lucía Rivadeneyra, Braulio Peralta, Fernando Figueroa, Rafael Vargas, entre otros, hicieron uso de la voz para recordarlo, con una conmovedora intervención final de su pareja e hijos.
Como autor, Nacho siempre prefirió el espacio corto. Quizás eso se deba, en parte, a la práctica que supone el periodismo, oficio en el que los entregables son para ayer, pero sin abusar de los párrafos asignados. En los libros de ficción y no ficción de Trejo Fuentes corre una prosa eficaz que se clava como daga. En la noveleta Hace un mes que no baila el muñeco (1999) se reúnen las arenas movedizas de las versiones de los protagonistas entre los resortes de la narrativa policiaca y la nota roja, dicotomía aparentemente obvia que deriva en una historia que revela situaciones apenas visibles en las sombras de la noche.
En esa cuarta de forros, el propio Nacho explica: “A pregunta expresa de una reportera, respondí alguna vez que mis vicios favoritos eran el alcohol, la literatura y las mujeres, en riguroso orden. Creo que me precipité: puedo dar prioridad a cualquiera de ellos, según las circunstancias”. Como remate, recuerdo que la presentación de ese título fue en El Gran León, en la colonia Roma, y Pepe Arévalo y sus Mulatos se encargaron de amenizar el festejo literario.
Bebedor diurno, los animales nocturnos no le fueron para nada ajenos. Acaso a manera de involuntaria despedida a lo que se transformaría en CDMX, publicó, en la transición de los milenios, La fiesta y la muerte enmascarada. El Distrito Federal de noche, un puñado de crónicas de lo que más o menos acontece en ámbitos clásicos, pero también en otros insospechados una vez que la luna posa sobre la capital del país.
Autor de varios libros más, sobre todo de ensayo, y viejo zorro de las mesas de redacción, entre las que destacan los suplementos El Semanario Cultural, de Novedades, y Sábado, de Uno más uno, a Nacho Trejo Fuentes siempre lo vi como un maestro fuera de las aulas. Su obra crítica, ahora mismo dispersa en un sinnúmero de materiales impresos, merece reunirse en algún volumen, pues esos comentarios complementan el corpus de la historia de nuestras letras.
Ante todo, Nacho fue un lector profesional y, podría decir, un bromista espontáneo, aspecto que asimismo se refleja en sus escritos. Se refería como “tío” a Carlos Fuentes, ante el asombro de lo que ignoraban el nulo lazo familiar, desmentidos minutos después para gozo de todo mundo. Alguna vez me regaló uno de sus libros con una bella dedicatoria. Acto seguido, leí el epígrafe del mismo: “Es lo mejor del libro”, me dijo, y soltamos la carcajada.
Esa voluntad taciturna era una simple fachada en Nacho, de los primeros escritores “serios” (lo que ello signifique) que jamás ocultaron su afición por el futbol al grado de que publicó, junto al también recordado Juan José Reyes (1955-2020), Hambre de gol. Crónicas y estampas del futbol (1998), antología pionera de ese deporte en México.
No es gratuito ni baladí apuntar que Ignacio Trejo Fuentes compartió su sabiduría a través de sus textos y en las charlas informales, ante largos jaiboles. ¡Salud, Nacho!
