Guasave, presencia y memoria

La comida de por aquí, pescados y mariscos, carnes asadas y caldos de frijol, tortillas de harina y un montón de verduras, cultivadas en este estado de la República Mexicana, jamás se borra de la memoria de cualquier visitante.

GUASAVE, Sinaloa.— Acaso todo mundo les diga hot cakes, pero aquí se conocen como “tortitas”. Las recordaba más chicas, como las que se sirven en cualquier menú infantil. En el mercado municipal hoy en día se disfrutan en tamaño regular con miel, cajeta, lechera o pasta (una mezcla de maizena con leche) acompañadas con un chocomil (que no “chocomilk”; con hielo frapé en la chocomilera, en realidad la clásica máquina para hacer malteadas). Se trata de un snack ideal para romper cualquier dieta. En la narrativa oral nadie precisa su origen.

Es como los hot dogs, que cuando llegaron a esta región les decían, tal cual, “perros calientes”. Éstos se despachan a la hora de la cena. Y son sabrosísimos. Los editores de la guía Michelin pensarán que es una pendejada: pan, leche, azúcar, salchichas y más pan. El diablo está en los detalles, pero estos olores y sabores complementan el paraíso en la tierra. 

La comida de por aquí, pescados y mariscos, carnes asadas y caldos de frijol, tortillas de harina y un montón de verduras, cultivadas en este estado de la República Mexicana, jamás se borra de la memoria de cualquier visitante. En la playa Las Glorias, a menos de 50 kilómetros, la machaca de camarón la sirven con unos sopes con mantequilla y el pescado sarandeado inspira a los TikTokers a hacer su trabajo, lo que ello signifique.

En Bajo el sol jaguar, Italo Calvino narra su experiencia oaxaqueña con moles y chiles en nogada, entre otros platillos. Alguien podría compendiar buenos relatos de estos olores y sabores que pertenecen a mi niñez y mi adolescencia. Nunca se fueron, pero ciertamente más de dos décadas sin poner un pie en el terruño condiciona el sentimiento.

Antes de que los teléfonos inteligentes llegaran a nuestras manos para mezclarse y formar algo que es una pantalla táctil que no puede prescindir de una mano, era normal platicar con quien fuera. Ese hecho no parece haber cambiado gran cosa, pero lo actual demanda privacidad para quien se la pasa ante el celular, sin casi voltear para otro lado, en tanto mira y se entera de otras cosas que no son ni aquí ni ahora.

En ese sentido, el acento de esta gente, en especial el de los jornaleros y los pescadores, son música en mi casa, el hogar con el cobijo de estas mujeres y hombres que no paran de hablar y, cuando amerita el caso, que es siempre que no les gane el sueño, de cantar. Juro que no es lugar común: la música en Guasave es el ritual de lo habitual.

En otros asuntos, ocurrió igual en Los Mochis. Sencillamente no pude conseguir el diario local ni ningún otro. Procuré El Debate, el Noroeste, El Sol de Sinaloa. Nada. Pregunté por puestos de periódicos o algo semejante y sentí miradas escépticas: “Es que todo ya se ve en el Facebook” (si algún día me presentan formalmente a Mark Zuckerberg, ojalá no se me olvide mentarle la madre). Así las cosas, la información fluye en tanto, observaba Juan Villoro, “los periodistas están cada vez más gordos y los periódicos cada vez más flacos”. 

Me las arreglé y conseguí El Debate del 23 de enero, sólo porque pasé por su redacción y muy cerca, en la librería Lizárraga, me entretuve un rato entre su oferta literaria. El primer capítulo de un librito curioso que estoy leyendo estos días reza lo siguiente: “A principios del siglo XX, a lo largo y ancho de nuestro municipio se pobló de inmigrantes de distintas razas, entre ellas la china, la inglesa, árabe-libanés, francesa, japonesa, alemana, etcétera, que también, de alguna manera, contribuyeron a enriquecer de mínima manera el habla de los nativos originarios de esta región” (Guasave y sus hablantes, Jorge Terminel Rojas). Salir del lugar de origen y llegar a otro es esencia nuestra. Eso impacta en la cocina y en la vida cotidiana, ciertamente.

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