Fuero: el que nada debe, nada teme
En 2004, Cuauhtémoc Blanco mandó a “lavar los trastes” a Vicky Tovar, la mujer que abrió la puerta a las árbitras en la Primera División del futbol mexicano.
Hacia finales de agosto de 2024, Ricardo Anaya regresó a México tras recibir su acreditación como senador. Para los ideólogos de Acción Nacional, el país requería del talante político del joven excandidato presidencial en la elección de 2018. Desde entonces, este conservador cuenta con fuero legislativo en el sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum. Señalado por recibir millonarios sobornos, Anaya se vio obligado a abandonar el país por unos años, víctima de una “persecución política”, acusó, orquestada por Andrés Manuel López Obrador.
Decían los enemigos de Carlos Romero Deschamps (1944-2023) que una larga cola podía pisársele. El líder sindical de Petróleos Mexicanos, aficionado a los relojes de alta gama y cuya hija solía presumir sus viajes en jet privado, se abstuvo de rendir cuentas ante las autoridades, escudado por su fuero como diputado o senador. En alguna ocasión le clamaron renunciar a esa ventaja para dar cauce a las investigaciones. Sin embargo, uno de sus voceros declaró que renunciar al fuero sería como “aceptar” los cargos que le imputaban.
Sobre el asunto hay casos preocupantes. Mucho antes de la irrupción de los teléfonos inteligentes, un legislador fue captado por alguna cámara de televisión, detenido por conducir bajo los efectos del alcohol. Iba ahogado, pero encendió su laptop y la puso encima del coche, alegando, arrastrando la lengua, que tenía fuero, por lo que no lo podían detener.
¿Qué tiene que pasar para hacer algo? Bueno, ya pasó. Una década atrás, un magistrado del Poder Judicial de Chiapas fue detenido como presunto responsable de un accidente carretero en el que murieron dos personas, pero horas después quedó en libertad, pues hizo uso de su fuero constitucional, no obstante ir alcoholizado. Testigos señalaron que su vehículo iba “zigzagueando” (Mural Chiapas, 8/IX/2015).
En un país con tantas desigualdades, el acceso a la justicia es un lujo. Por ello resulta insultante que un personaje de derecha regrese de su cómodo autoexilio, que un sindicalista se haya dado vida de sultán, que un diputadillo borrachín provoque gracia y pena ajena o que un juez predique con el mal ejemplo de causar la muerte, pero que todos ellos no rindan cuentas por contar con fuero.
El fuero se concibió en Inglaterra, en el siglo XIV, para otorgar inmunidad a quienes alzan la voz en parlamentos y asambleas. De alguna manera se garantizaba así la libertad de discurso, pero había una razón más práctica: el fuero evitaba que les cortaran la cabeza a quienes se pronunciaban en tribuna de acuerdo a su voluntad. En México, el fuero se convirtió en “privilegio” y “trato preferencial”, cuando no en “protección” ante la comisión de delitos.
Llegado el primer cuarto de siglo del milenio, está claro que el fuero sobra para todos aquellos servidores de la nación, electos o designados.
El de Cuauhtémoc Blanco es el zipizape más reciente sobre el asunto, acusado de violar a una media hermana. Resulta sintomático que la impunidad sea la marca registrada sin importar los colores del partido político que controle los Poderes.
Anécdotas al margen, el 22 de febrero de 2004, tras un partido con el América, el hoy diputado Blanco mandó a “lavar los trastes” a Vicky Tovar, la mujer que abrió la puerta a las árbitras en la Primera División del futbol mexicano. En días recientes, la esposa del exgobernador de Morelos lo denunció por violencia familiar. Ello, al margen de las carpetas por el mal uso de recursos públicos en Morelos y sus nexos con el crimen organizado.
A veces, la involución se vende como progreso. En total, 291 diputadas y diputados votaron para frenar el desafuero de Cuauhtémoc Blanco (193 de Morena, 55 del Verde Ecologista, 33 del PRI, nueve del PT y una diputada independiente). Hay mujeres que contradicen la lucha feminista.
