Frustración

El “debate” es un antidebate: nadie acepta razones del otro, la negación constante y la burla es lo que priva. El “adversario” no existe y tampoco hay argumento que valga. La anulación de quien piensa diferente es la premisa automática.

Debe ser de lo más frustrante que te roben, sepas perfectamente quién es el ladrón, lo denuncies y las autoridades competentes no sólo hagan caso omiso y le den desesperantes largas al asunto, sino que un buen día decidan destruir la evidencia del hurto. A grandes rasgos, eso ocurrió en las elecciones de 1988.

En ese sentido, la izquierda, o lo que se hace llamar izquierda, peleó sin descanso hasta, eventualmente, instalarse en el poder, por mandato constitucional, en 2018. Es decir, pasaron 30 años de frustraciones que se desahogaban en reuniones o mítines “de resistencia civil”.

Hoy día, notables antiamloístas, enemigos declarados de las 4T, sin asambleas frecuentes y con acciones dispersas, desquitan sus corajes en redes sociales, donde rarísima vez se abren espacios de discusión y los que jamás tendrán la atención del grueso de los electores o los simpatizantes de López Obrador. Y eso es decepcionante, sobre todo cuando las encuestas de aprobación del Presidente ahora mismo rondan por el 60 por ciento.

En ese universo, el “debate” es un antidebate: nadie acepta razones del otro, la negación constante y la burla es lo que priva. El “adversario” no existe y tampoco hay argumento que valga. La anulación de quien piensa diferente es la premisa automática. Sucede que los amloístas tienen mucha más calle. Los antipejistas, si cabe, cuentan con muchos más recursos financieros. En efecto, la polarización ha sido el sello del lustro más reciente, el odio por encima de todo.

Las redes sociales no son plazas públicas. Sin embargo, la política se tuitea y llega al estatus de “noticia”. En ese sentido, Vicente Fox o Felipe Calderón, por ejemplo, se expresan libremente, sin censura ni el peligro de sentirse perseguidos por compartir sus ideas. A estas alturas, empero, sólo falta que a García Luna le alcancen un celular para que se ponga a opinar en alguna cuenta del expajarito azul desde el encierro en donde aguarda sentencia.

Es cierto que el presidente López Obrador se ha mostrado insensible y grosero con causas delicadas, promesas incumplidas de campaña. El desabasto de medicinas en los hospitales o la violencia incontenible, por ejemplo, lo ponen en entredicho. Sus palabras no concuerdan con los duros hechos. Y eso es frustrante. Pero la oposición no ha hecho sus deberes y pone sus fichas con Xóchitl Gálvez, una mujer que hace happening proselitista.

Le sobran a la senadora panista “líderes de opinión” en el mundillo virtual que desde ya están de su lado. Asimismo, con su irrupción y veloz crecimiento como precandidata, leo y escucho a muchos entusiastas de Xóchilt, entre ellos a no pocos colegas. Varios advierten la posibilidad de que sea víctima de un desafuero o, lo que es peor, su magnicidio. Con esa postura, me da la impresión de que esos líderes de opinión se preparan para perder. La mayor frustración, en todo caso, sería la de López Obrador el día que tuviera que reconocer que una discípula dilecta del foxismo logró en pocos meses lo que a él le costó años de sudor y lágrimas.

CAJA NEGRA

Ocurrió en los primeros años de la década de los 90. Un sábado hacia mediodía (obiously), en el Tianguis del Chopo, Ernesto Priego y quien esto escribe nos volteamos a ver, incrédulos, y casi al mismo tiempo nos cuestionamos: “¿Es Sinéad O’Connor?” Y sí, era ella, con una capucha negra que le cubría su clásico corte a rape, acompañada de Pacho, baterista de La Maldita Vecindad, quien tiempo después contó la anécdota para Canal 22, si no recuerdo mal. El caso es que alguien se acercó para que le autografiara un bootleg (disco pirata) que la cantante irlandesa tenía tiempo sin conseguir. Sinéad O’Connor agitó el macielismo y demás de sus simpatizantes. Ahí también hizo un gran aporte a la humanidad.

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