Esto, y más, fue la Fernandomanía

Quiso el destino cruel que la muerte a Fernando Valenzuela le llegara a una edad temprana, a los 63 años, justo en los días previos a la Serie Mundial 2024 de los Dodgers contra los Yankees.

Se decía en los años 80 del siglo pasado que la dieta perfecta consistía en disciplinarse toda la semana laboral y portarse mal los sábados y domingos. Comer frutas, verduras y proteínas en razonables raciones de lunes a viernes. Llegados los días de descanso, esperaría la recompensa: sopes y pambazos del mercado sobre ruedas, papitas con limón y chile piquín, caguamas bien muertas y alguna cuba libre. Pura gula. El problema era si Fernando Valenzuela lanzaba, digamos, un martes hacia las siete de la tarde, hora del centro de México. Nadie resiste un partido de beisbol sin entrarle a la botana.

Eso (romper dietas) y mucho más logró la Fernandomanía, un hábito que tornó en voluntad. Gracias a Fernando Valenzuela, los Dodgers de Los Ángeles se convirtieron en el equipo de beisbol preferido de México. Sí, sí, está bien: los necios le van a los Yankees de Nueva York, ni modo. Hay aficionados heterodoxos al juego de pelota, inclinados por novenas como la de los Orioles de Baltimore (en su época, claro, el pitcher Jim Palmer agotó los adjetivos), pero Valenzuela se instaló, en 1980, en la urbe más mexicana allende nuestras fronteras. En ese entonces, todo ciudadano de nuestro país de este lado del río Bravo parecía tener parientes en Los Ángeles.       

Quiso el destino cruel que la muerte a Fernando Valenzuela le llegara a una edad temprana, a los 63 años, justo en los días previos a la Serie Mundial 2024 de los Dodgers contra los sacalepuntas Yankees. Ambos no se citaban en un Clásico de Otoño precisamente desde 1981, cuando Valenzuela ganó el tercer juego e inspiró esas palabras que le salieron del corazón al Mago Septién, en la transmisión de Televisa: “Eres en el beisbol: oro, mezquita y basílica. Suena esto a mariachi, a jarabe, a copal, a cera, eres un jugador que tiene el pincel en la mano y la luz en el alma, nunca olvidaremos esto”.

Para la Serie Mundial de este año (que inició anoche), los Dodgers honran a Valenzuela con un parche en una de las mangas de la franela, distintivo que conservarán durante todo el año que entra. El parche trae el nombre de “Fernando” y, debajo, su número 34, retirado por el equipo angelino en agosto de 2023.

Aunque jugó en otras organizaciones de la Gran Carpa, la de los Dodgers siempre fue la casa del Toro de Etchohuaquila. En las últimas dos décadas fungió como comentarista del equipo en las transmisiones de radio en español. En ese contexto, algunos colegas (y amigos) lo entrevistaron en la zona de prensa del Dodger Stadium. Todos ellos fueron testigos del cariño de los aficionados ante la presencia del legendario pitcher. La Fernandomanía como luz inextinguible. 

Hacia mediados de la década de los años 70, México cayó en una época de estancamiento económico. Iniciados los 80, la situación se agudizó. Luis Echeverría dijo de manera firme que el nuestro no sería un país de meseros. Y en muchos sentidos no lo fue. Los meseros se largaron a trabajar al otro lado de la frontera norte. En su turno, José López Portillo prometió defender el peso como un perro. El daño estaba hecho, pero eso no impidió a los funcionarios servirse con la cuchara grande.     

Por absurdo que se escuche, la Fernandomanía palió la crisis. Nunca hay se subestimar los sentimientos de nadie. Un poco de felicidad jamás hace daño. Fernando Valenzuela sólo provocó alegrías.

Hacia 1987, para acabarla, se promulgó en Estados Unidos la Ley Simpson-Rodino, una reforma a las normas de migración con el objeto de “recuperar el control de las fronteras”. En corto, se persiguió a los indocumentados y se promovieron las deportaciones. Eso golpeó el estatus de los mexicanos en la Unión Americana. A su manera, la Fernandomanía también combatió esos proyectos racistas.

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