El temblor del 20 de septiembre fue peor... para la mente

La prensa estaba ocupada en contabilizar los muertos y las construcciones dañadas.

El 19 de septiembre de 1985, el entonces Distrito Federal quedó bajo los escombros, con el reloj detenido a las 7:19 de la mañana y el dolor multiplicado en miles de hogares. Sobre ello, en 2020, en este espacio, relaté lo siguiente: “Desayunábamos. Mi padre, obviamente, me reconvino para que dejara de mover la mesa del comedor. De repente hacía una que otra travesura, pero esa vez no. Algo pasaba. Fue mi madre, con sus casi nueve meses de embarazo, la que advirtió el peligro: “¡Está temblando!”, y agarró a mi hermano, que en ese entonces tenía seis años. Parecía que estábamos parados sobre una panga. No podíamos avanzar. Las lámparas, como péndulos, oscilaban. Algunos objetos de la vitrina se quebraron. Mi abuela veía Hoy Mismo, con Lourdes Guerrero y sin Guillermo Ochoa en esa ocasión, y, como pudo, nos alcanzó en el umbral de la entrada del departamento. Se escuchó, a la distancia, un impacto. Luego otro. Y otro más. Fueron minutos angustiantes. Ocho días después, mi madre daría a luz al menor de sus tres hijos”.

Ya en la calle, emergencia y gritos de auxilio. Jamás olvidaré que esa vez vi por primera vez a un hombre llorar. Pero casi nadie refiere que, un día después, la tragedia se repitió, en menor escala, pero con una carga psicológica desconocida para los habitantes de la capital.

El 20 de septiembre del 85, algunos minutos después de las 19:30 hrs., la tierra volvió a crujir. No se hablaba de “réplicas”. Para ponerlo en claro, la pesadilla regresó con una magnitud 7.5. El Centro Nacional de Prevención de Desastres lo documenta como un evento que “causó colapsos adicionales de edificios ya dañados”. Wikipedia lo consigna con frialdad, como una reproducción más de la secuencia sísmica de aquel septiembre aciago. Quienes lo vivieron recuerdan el terror, una rara sensación del fin del mundo.

Si apenas horas antes miles de personas murieron bajo los escombros de 371 edificios, el peor desastre natural de la Ciudad de México, ¿por qué Dios se empeñó en enviar más castigo? Bueno, dejemos a Dios fuera de esto, que entretenido anda con la serie del padre Maciel. Es mejor consultar a los divulgadores de la ciencia. El geofísico Cinna Lomnitz dejó al respecto un material de lectura memorable: El próximo sismo en la Ciudad de México (disponible aquí: https://metro.cdmx.gob.mx/storage/app/media/cultura/ciencia%20boleto/elp...).

Refiere Lomnitz: “Se cree que los grandes sismos que experimentamos en el Distrito Federal se deben a la acumulación de energía sísmica bajo la costa del Pacífico. La Placa de Cocos, que es la que está en el fondo del mar, va avanzando y se hunde bajo la costa de Guerrero. Antes del sismo de 1985 se había acumulado energía suficiente para un desplazamiento de dos metros bajo la costa de Michoacán: ese brinco de dos metros se desplazó en el temblor”.

Y continúa: “¿Qué pasa cuando el desplazamiento es menor? En este caso se produce un sismo más débil. Estos sismos débiles son muy frecuentes en nuestro país. En la costa del Pacífico se sienten temblores a cada rato, desde Puerto Vallarta hasta la frontera con Guatemala y más allá. Hay también otra zona sísmica en el golfo de California, que se extiende hasta la costa norte en Estados Unidos”.

La prensa de la época estaba muy ocupada en contabilizar los muertos, las construcciones dañadas y los damnificados. Por ello, el temblor de la noche del 20 de septiembre quedó consignado en notas secundarias, no obstante que ese movimiento, también muy violento, dificultó aún más las labores de rescate. Fue como echarle sal a una herida.

Confirmamos que la vida es muy frágil y la mente, cabrona. Los efectos psicológicos provocaron temor. Sentíamos que temblaba, pero no. En septiembre de 2017 ocurrió más o menos lo mismo, ya con la alarma sísmica en nuestra vida: la escuchábamos con claridad, pero nada. No había ni alerta ni temblor. Todo estaba en nuestras impactadas cabecitas, sobre todo en las que tienen recuerdos de 1985. El caso es que el 20 de septiembre de hace 40 años está ahí, apenas referido por la magnitud histórica del día anterior.

Pasado un tiempo, vinieron los chistes. Quizás el más lúdico fue: ¿Dónde te agarró el temblor?, de Chico Che. Hubiera sido interesantísimo saber la opinión del filósofo Jorge Portilla.

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