El rizoma replicante

Las redes sociales han fomentado el oficio de “creador de contenido”. Y para eso no hay necesidad de estudiar ni de responsabilizarse por el material “informativo” que se ofrece.

Hace unos días, Australia aprobó una ley que prohíbe el uso de las redes sociales a los menores de 16 años. Sin embargo, esta nueva enmienda tardará aproximadamente un año en entrar en vigor en tanto se aclaran algunos puntos, como qué empresas tecnológicas deben prestar atención a esta categoría restrictiva y la manera en que colaborarán con las autoridades para garantizar ese esfuerzo. Como sea, hay una urgente necesidad por contar con espacios virtuales seguros para los menores de edad y que las compañías se hagan responsables por los contenidos que ofrecen.

Otros países han adoptado o estudian aplicar medidas similares. La novedad y la complejidad de la problemática pone de nervios a todos los involucrados. Sin ir tan lejos, cualquier adolescente puede convertirse en un hacker. En este caso, ni hablar, la juventud se impone.

La era de las redes sociales, básicamente, ha puesto el caos en el centro de la vida cotidiana. No todo está en ellas (o en la web), pero da la impresión que en Facebook, en Instagram o en TikTok (y en la web) se encuentra todo. En alguna entrega anterior me referí al fenómeno que supone estar aquí y ahora en casi cualquier punto del planeta, o la sensación de ubicarse “en tiempo real” en donde sea con la ayuda de dispositivo móvil que es posible adquirir a precios asequibles y facilidades de pago.

Ya se sabe: antes había que comprar tocadiscos y viniles y casetes, reproductor de videos, cámaras fotográficas, luces, mandar imprimir lo captado por las lentes, hacer un álbum de fotos y un más o menos largo etcétera. Ahora eso y mucho más puede disfrutarse con un solo y poderoso aparato móvil que, además, sirve de teléfono para llamar a cualquier parte del mundo sin restricción de horario. Y sale gratis. En su momento, el uso de las claves lada dejó jugosas ganancias.

Hace unos 12 años, la app de la BBC lanzó una convocatoria sin igual. Cualquier ciudadano de a pie podía enviar sus fotos, material que era sometido al criterio editorial de ese célebre medio de comunicación británico. Hubo quien tuvo la suerte de estar en el lugar adecuado a la hora exacta (un accidente de tránsito, por ejemplo). Pero la mayoría optó por capturar la vida menor de sus comunidades. Y funcionó.

El asunto se puso más serio cuando el FBI comenzó a recopilar los celulares que captaron fotos y videos que ayudaran a las investigaciones del atentado al maratón de Boston, el 15 de abril de 2013. Cerca de la línea de meta se detonaron dos aparatos explosivos de fabricación casera que provocaron la muerte de cuatro personas y casi 300 heridos.

Los pedagogos están metidos en un buen lío. Las redes sociales han fomentado el oficio de “creador de contenido”. Y para eso no hay necesidad de estudiar ni de responsabilizarse por el material “informativo” que se ofrece. No todos tienen suerte y viven de ello. De ahí la posibilidad de que se trate de una gran oportunidad de negocio es tan falsa como un billete de 300 pesos.

Entendería que a los legisladores australianos les preocupan las partes nocivas del rizoma de las redes sociales. Muchas veces se replica lo fácil, lo bobo, y eso acarrea consecuencias. Ya lo dijo un rector de Harvard: “Ya nadie quiere un trabajo. Ahora los estudiantes inventan trabajos”. Se confunden las ideas con las ocurrencias. Ganarse la vida es mucho más difícil.

CAJA NEGRA

En esta esquina, Adán Augusto López. En la otra, Mario Humberto Vázquez. Entre ellos, más morenistas y panistas: Miguel Ángel Yunes Márquez, Enrique Vargas, Luis Fernando Salazar, Manuel Velasco y Francisco Ramírez Acuña, entre otros legisladores que animaron el pancracio senatorial. Mientras tanto, en Chiapas, Eduardo Zenteno agarró a golpes a su correligionario del Verde, Ismael Brito. Quién dijo que la política no es divertida.

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