El primer día

La razón de ser de la oposición en los siguientes seis años no radicará en su importancia, sino en su intrascendencia.

Durante mucho tiempo hemos visto a Andrés Manuel López Obrador hasta en la sopa. Inició sus acciones de resistencia hacia finales de los años 80 del siglo pasado, cuando la demanda consensuada del país era la democracia. Sin embargo, a mediados de la década de los 90 radicalizó su postura con la toma de instalaciones petroleras en su natal Tabasco, protesta reprimida por las fuerzas estatales de la que circularon fotos de su cabeza sangrante.

Prácticamente desde entonces, con tres candidaturas a la Presidencia incluidas, fueron excepcionales las ediciones de diarios y revistas sin que dieran cuenta de algún acto o dicho de López Obrador. El hombre fue el rostro más obstinado de la oposición y, ya como primer mandatario, rivales y enemigos le hicieron lo que el viento a Juárez en la era de las “benditas redes sociales”. Como expresó en su día: “Soy el Presidente más atacado en los últimos 100 años”. Llegado el momento, va a ser muy ilustrativo bucear en las hemerotecas.

Vista su biografía, el himno que López Obrador le escribió al PRI, cuando militaba en esa organización política, fue el menor de sus males. A lo largo del sexenio, furiosos detractores denunciaron, un día sí y el otro también, las tropelías del gobierno de la 4T. Lo más curioso fue el estruendoso silencio de aquéllos, por varios días, tras las elecciones del 2 de junio. Primero ciegos y después mudos. Por lo demás, resultó penoso escuchar y leer hace un par de años a gente que considero inteligente mostrar su “solidaridad” con Lilly Téllez, iconoclasta de Morena, hoy rebasada en busca de un personaje que hace el ridículo contra alguien (Fernández Noroña) que precisamente nunca le ha temido al ridículo.

Entre los Alitos y los Markos y los Anayas, por ahorrarnos en esta ocasión a las Xóchitl, la razón de ser de la oposición en los siguientes seis años no radicará en su importancia, sino en su intrascendencia. AMLO mata de envidia a sus detractores. Concluye su mandato con casi 80 por ciento de aprobación, buena herencia (que se diluye pronto) para atender tantos problemas que tiene el país, en especial el de la fallida persuasión al crimen organizado.

En más de una ocasión, el Presidente ha declarado su intención de retirarse de la vida pública. En ese sentido, el primer día de Claudia Sheinbaum con las riendas del país será también el primero de López Obrador, en más de tres décadas, alejado de los micrófonos y las cámaras. Si cumple, su ausencia generará un vacío en la política nacional, pero habría que esperar los diagnósticos de los daddy issues de sus críticos.  

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CAJA NEGRA

La novela A sangre fría (1966) supuso la joya de la corona de la llamada “no ficción”. Con ese mar narrativo, Truman Capote dotó de una fuerza avasallante al periodismo. Una simple nota del crimen de una familia en un pequeño poblado de Kansas es el punto de partida para un artefacto claro, dúctil y sofisticado.

Se ha dicho, no sin razón, que todo aspirante a escritor debe leer a Truman Capote, que este 30 de septiembre cumpliría 100 años, aunque también se conmemoró, hace pocas semanas, el 40 aniversario de su muerte. En un aspecto más terrenal, cualquier periodista que desee mejorar su material podría echarle un vistazo a las lecciones de este autor que entregó grandes piezas apropiadas de verdades concretas (testimonios llanos e información plana), como las que hay en la colección de relatos Música para camaleones (1980). Algún sagaz editor colocó en un cintillo (como imán de ventas) una frase de ese libro: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Eso fue Truman Capote.

En uno de los relatos de Miriam (1945), uno de los protagonistas se pregunta: “Pero, ¿qué hago yo en este planeta? He pedido, robado y vendido mis sueños… todo para comprar whisky”. La reflexión, si cabe, nos reduce a lo que somos: aves de paso llenas de rencores.

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