El Eternauta resistió censura tras censura
En Argentina ha habido embates intolerantes a El Eternauta por atentar contra la educación y la cultura.
“¡Ay, Argentina, Argentina! ¡Qué país! Me fui con cacerolazos, vuelvo 20 años después, me reciben con cacerolazos”, dice uno de los personajes (recién desempacado de Estados Unidos) al inicio de El Eternauta en referencia al “corralito” de 2001, cuando el gobierno de Fernando de la Rúa cayó en una gravísima crisis económica por la depreciación de la moneda, seguida del inmediato malestar social y el esperpento político. En ese entonces se restringieron los retiros bancarios, es decir, la gente no podía disponer de su dinero. ¡Su dinero! Ahora, en El Eternauta, serie de seis capítulos recién estrenada en Netflix, los cacerolazos los provoca la inconformidad por un apagón en Buenos Aires. Ni mandada a hacer la relación con lo que acaba de suceder en España.
Supe de la existencia de El Eternauta a finales de los años 80 por algunos argentinos exiliados. Me contaron, brevemente, de lo que trataba y de la represión que sufrieron sus creadores y divulgadores. Nunca tuve un ejemplar en mis manos. Es más: nunca vi uno porque, de haberlo detectado en algún aparador o sobre la banqueta de un chacharero cualquiera, lo habría adquirido sin pensarlo dos veces. El caso es que, en 2014, en un café cerca del Zócalo, Juan Sasturain me reveló sus detalles. Yo, estúpidamente escéptico, no me explicaba cómo una historieta de ciencia ficción pudo levantar ámpula en la junta militar.
Pero precisamente los milicos se caracterizaron por su toma de decisiones terroríficas. El 27 de abril de 1977 secuestraron a Héctor Oesterheld, guionista de El Eternauta y “montonero” al que ya le habían desaparecido a sus cuatro hijas que rondaban entre los 18 y 25 años, dos de ellas embarazadas. Resulta espeluznante ignorar el paradero de ese par de criaturas. Así ocurrió con miles de casos, situación retratada en La historia oficial (1985), ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Los militares robaban a los bebés y los repartieron, cual mercancía, a matrimonios adheridos y, si cabe, pudientes.
Comprendo hasta ahora, gracias a la referida serie, el reparo de quienes tomaron a punta de pistola los controles de la Argentina de mediados de los años 70. Más que su narrativa distópica o su planteamiento sobre una invasión extraterrestre, El Eternauta pinta de cuerpo entero al héroe inicial (magistralmente interpretado por el reconocido actor Ricardo Darín) que se multiplica en anónimos solidarios ante los agentes extraños. El pueblo que se organiza para combatir lo desconocido, un enemigo más grande y más fuerte, y las anomalías que van surgiendo. Hay en esta historia un fuerte tufo gramsciano, por lo que la disposición de los militares por anularla los llevó a desaparecer de la tierra a su creador y sus cercanos.
Navegando por la web me entero que en plena democracia en el mencionado país sudamericano ha habido embates intolerantes a El Eternauta por atentar contra la educación y la cultura. En su día, en su calidad de alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, dijo, sin consultar ni asesorarse, que no permitiría la historieta en las escuelas de la capital. La pifia sólo provocó que la editorial que poseía sus derechos aumentara su tiraje debido a la súbita demanda. Ahora mismo, la serie es la tercera más vista de Netflix a nivel global con apenas un par de días de estrenada. La vi de una sentada y me permito recomendarla ampliamente.
CAJA NEGRA
El slogan del segundo candidato presidencial del PRI en 1994 fue: “Ernesto Zedillo, bienestar para tu familia”. Morena arrasó en las elecciones del año pasado, pero eso no significa que la oposición deba esperar un milagro. México requiere de contrapesos inteligentes y organizados, no de un expresidente furris. Esos neozedillistas deben tener cuidado con lo que desean.
