El doble filo
El personal de seguridad del Metro, hombres panzones de mediana edad o jóvenes que se agotarían si completan cuatro series de 20 lagartijas, difícilmente están capacitados para actuar ante cualquier eventualidad.
¿Está prohibido portar una navaja para cortar la fruta que nos llevamos al trabajo para la hora del lunch, por ejemplo? No. Es más, si alguien saca esa navaja y pela una manzana en un lugar público, digamos, en una banca de la Alameda Central, nadie se alarmará ni reclamará cosa alguna. Pero si ese ciudadano quiere tomar el Metro en la estación Tacubaya, del lado de la Línea 7 (color naranja), quizás se le negaría el ingreso con esa navaja.
Desde el día después de que un muchacho desquiciado hiriera con un cuchillo a cuatro personas en la plataforma de la referida estación, se instaló un detector de metales antes de pasar por los torniquetes, además de que unos ocho o diez elementos de la Policía Auxiliar y la Policía Bancaria Industrial supervisan el andar de los usuarios en esa estación.
El procedimiento es muy sencillo: bolsos y mochilas tienen una revisión en pantalla y los usuarios del Metro pasan por un arco que irremediablemente suena, pues estos aparatos suelen ser sensibles con objetos tan pequeños como las monedas.
La primera vez que atendí este control, pregunté a un guardia si era necesario entregar las llaves. Me dijo que no. El detector, desde luego, sonó. Pensé que me preguntarían por lo que traía en los bolsillos, pero no. Seguí mi camino. Es decir, esta gente cumple burocráticamente con una comisión que durará quién sabe cuántos días, pero en realidad no sirve para nada. Esa medida fue una simple reacción de la jefa de Gobierno de la CDMX, Clara Brugada, al doble filo que supone garantizar el traslado y la seguridad de los usuarios del Metro.
La alarma del arco se activa y se activa cada vez que alguien pasa por él. Así ocurrió la última vez que estuve en la estación Tacubaya, el pasado jueves, hacia mediodía, antes de escribir esta colaboración. Insisto, tenemos a personal que no hace más que simular que revisa algo. A simple vista, cualquier usuario del Metro advierte que maestros albañiles y demás obreros cargan con pesadas mochilas en las que llevan herramienta: desarmadores, martillos, espátulas o pelacables que causarían daño en caso de ser utilizados como armas. Esas mochilas acaso no pasarían el control de Tacubaya.
Pero en el caso de los arcos, uno podría traer un objeto punzocortante en la bolsa trasera del pantalón de mezclilla o, si elevamos la apuesta, un puñal o un pequeño cuchillo para cortar carne, ideales para clavar en el corazón. Además, de qué sirve vigilar una sola estación (¡una, y ya!) si las demás están desprovistas de detectores y elementos de seguridad (Ven más seguridad en Tacubaya que en el resto de L7, en El Universal, 26/11/2024).
La auténtica protección en el Metro, que a diario traslada millones de pasajeros, consistiría en la aplicación de protocolos. Nadie demanda una seguridad como la de Fort Knox o que regrese la Guardia Nacional (si bien esta última posibilidad siempre es inquietante), pero el personal de seguridad del Metro, hombres panzones de mediana edad o jóvenes que se agotarían si completan cuatro series de 20 lagartijas, difícilmente están capacitados para actuar ante cualquier eventualidad.
Es el problema de la seguridad para los ciudadanos de a pie. A ese personal se les va la vida en labores de monitoreo. Cuando se presenta un problema fuerte, como el mencionado líneas arriba, mejor voltean para el otro lado. La policía siempre en vigilia.
CAJA NEGRA
Hay varias lecturas sobre el golpe que dio la Secretaría de Economía al comercio informal chino en Plaza Izazaga 89: una añeja demanda de los empresarios que se conducen por la legalidad, un regalo para Trump, una pista para el combate al fentanilo. Quizás lo más importante sea que esos 16 pisos de estrechos pasillos y escaleras estaban a reventar de compradores. Y Protección Civil, con pocos dientes.
