Dos Méxicos bajo fuego

La grandeza ciudadana tomó el control de la situación y se evidenció, una vez más, la pequeñez de los responsables de garantizar seguridad básica.

El llamado “pipazo”, en Iztapalapa, ofrece una nueva versión sobre el axioma de que México se parte en dos cada vez que la desgracia llega puntual a la cita: nunca tarde; no nunca (ya se sabe: nada pasa hasta que pasa).

Por un lado, está la gente del México solidario que no lo piensa dos veces y corre hacia el peligro para ayudar al prójimo. Son los vecinos que cargan cubetas de agua, los jóvenes que se acercan con botellas, los que improvisan camillas, los que abren las puertas de su casa o, sencillamente, se tienden en la acera para consolar al que llora.

Esa parte luminosa del país aparece en la adversidad: lo vimos en los sismos, en las inundaciones y lo volvimos a ver en Iztapalapa. Un México de piel dura y corazón enorme.

Lamentablemente, hay otro México mucho más famoso allende nuestras fronteras. El de la inseguridad y la corrupción. El de las pipas que circulan sin los permisos en regla, sin mantenimiento, con rutas improvisadas que hacen de la capital del país una ruleta rusa. El de los asaltos a punta de pistola en el transporte público de las periferias de la CDMX. El que se disputan grupos del crimen organizado en tanto los ciudadanos de a pie quedan a merced del fuego cruzado.

Ese México en el que la negligencia y la ilegalidad conviven como viejos colegas. Esa nación, la mía y la de usted, que de vez en cuando se entera por las noticias de la vida en reclusión de exgobernadores y exfuncionarios de todos los rangos posibles, un exsecretario de Seguridad que paga sus delitos en la misma prisión que El Chapo Guzmán, un exsecretario de Gobernación, hoy senador, asociado a un grupo criminal conocido como La barredora, un extitular de la Marina con parientes huachicoleros y un empresario que debe miles de millones de pesos a la Hacienda Pública, pero al que destapan desde ya como candidato a la Presidencia.  

El contraste es brutal: mientras unos se juegan la vida por salvar a otros, hay quienes llenan sus bolsillos sin importar el riesgo... y apuestan, literalmente, billetes mal habidos (ganar dinero fácil y rápido es la peor fórmula para estimular la ludopatía). Dos realidades que, sin embargo, conviven en el mismo espectro y comparten territorio. Coexisten. Son dicotomía. Una, la que goza de dinero y poder, es incruenta. La otra se ha abierto a codazos un sitio en el sistema político y económico de México, a la espera de espacio para grupos y comunidades que permanecen a la distancia, como al margen.

En Iztapalapa vimos lo mejor de nosotros, pero también lo peor de nuestras instituciones. La grandeza ciudadana tomó el control de la situación y se evidenció, una vez más, la pequeñez de los responsables de garantizar seguridad básica.

Son dos Méxicos. Uno que protege y otro que aplasta. ¿A cuál pertenecemos? Políticamente, lo correcto es afirmar que somos más los que deseamos el bien. Demagogia en estado puro. Sin embargo, nuestra realidad cotidiana impone exámenes. Un accidente puede ocurrir en cualquier momento, pero la incompetencia de las autoridades por prevenir, fiscalizar y sancionar es un lugar común que provoca muerte y destrucción.

Quizás convenga parafrasear la máxima nacionalista de Siqueiros ante las propuestas estéticas del extranjero, hacia mediados del siglo pasado. “No hay más ruta que la nuestra”, dijo el maestro. Así las cosas, el único sendero debería ser el de la legalidad, pero con una transparencia opaca será muy difícil generar desarrollo, por muy buenos deseos que se tengan al respecto. Solamente los controles severos y sistemáticos en cualquier ámbito permitirán un tránsito adecuado para evitar, en la medida de lo posible, incidentes como el de Iztapalapa y agravios de la clase política y sus valedores.

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