Discriminación laboral
A finales de los años 80 del siglo pasado, nuestros maestros nos contaban que en la bolsa de trabajo había empresas que ponían un aviso fulminante: “Si usted es egresado de la UNAM, no se presente”.
La “nueva normalidad” llegó con y tras el confinamiento por covid-19. Superada la pandemia, y durante ésta, el ámbito laboral incorporó y sustrajo maneras de trabajar. Las más comunes hoy en día son el formato a distancia, óptimo para los nómadas digitales, y el presencial, innegociable para aquellos que no comprenden un mundo, el actual, que cambia a una velocidad insospechada, digamos, a principios de siglo.
Está el punto medio, es decir, el trabajo híbrido: dos o tres días a la semana para asistir a la oficina y el resto en home office, pero siempre con la disponibilidad para trasladarse ante cualquier eventualidad. Se popularizaron, asimismo, las juntas virtuales.
El lector no tiene por qué saberlo, pero hace un mes, aproximadamente, quien esto escribe abrió una cuenta de LinkedIn, la red social para profesionales. En ella es posible encontrar oportunidades, agregar contactos de perfiles afines y ver lo que más o menos acontece en los ámbitos laborales. Llegué a la temprana conclusión, parcial e injusta, de que en esa comunidad no existen las medias tintas: o están los superdotados a los que de milagro no les han dado las riendas de una transnacional, o están los que no consiguen chamba desde hace tres meses o medio año o más tiempo y que comparten ese pesar.
Me detengo en estos últimos. Los procesos de reclutamiento acaso se optimizaron a partir del mencionado confinamiento, es decir, se avanza en las primeras etapas: se pregunta por la experiencia, las razones por las que se aspira a determinada posición y las pretensiones económicas. Esto antes de hacer las entrevistas correspondientes y las pruebas psicométricas o de idiomas, por ejemplo, que se envían vía e-mail, desde donde se accede a una plataforma.
Puede haber mil y una razones por las que a los desempleados que comparten sus experiencias en LinkedIn no les ha hecho justicia la revolución, pero me fui de espaldas cuando, entre los requisitos, se hace énfasis en que hay que vivir “cerca” del lugar de trabajo. Expongo, a grandes rasgos, el caso siguiente: “Recibimos tu CV y contamos con una vacante que queda con tu perfil y quisiera saber si es de tu interés”. Cuando la persona contestó que estaba interesada, le enviaron algunas preguntas, entre ellas: “¿Cómo te queda Naucalpan de tu domicilio?” Respuesta: “Unos 50 minutos en hora pico”. Respuesta de la respuesta: “Debido a la distancia a las oficinas, lamentablemente no vamos a poder continuar con el proceso. Nos piden que los domicilios se encuentren cercanos a las oficinas, ya que el trabajo es 100% presencial. La cercanía es un factor importante para la empresa. Agradezco tu interés y te deseo mucho éxito en proyectos futuros”.
Eso, aquí, en el Estado de México y en China es discriminación. ¿Se imagina usted que para dar clases o trabajar en Ciudad Universitaria, el rector Lomelí demandara “vivir en el sur”? Precisamente, a finales de los años 80 del siglo pasado, nuestros maestros nos contaban que en la bolsa de trabajo había empresas que ponían un aviso fulminante: “Si usted es egresado de la UNAM, no se presente”.
En un país que padece buenas dosis de racismo y clasismo, como el nuestro, hay supervisores de las oportunidades laborales que suelen obviar a los aspirantes de piel morena (porque no hay que dar mala imagen), a los cuarentones (porque ya están muy grandes), a los recién egresados (porque carecen de experiencia), a los gordos (porque tienen riesgo de infarto), a las mujeres (porque se pueden embarazar; además, cuando están en sus días, son molestas)... hablando en plata ni que Naucalpan monopolizara el talento.
Hay en LinkedIn algunos avisos: “Si no vive por la zona, no aplique”. Evidentemente, hay un vacío legal en ese asunto. Ya nada más falta que esas empresas prohíban a sus empleados mudarse “a 50 minutos del trabajo en hora pico”, so pena de prescindir de sus servicios.
