Claudia y Kamala: es la ciencia, estúpido
Harris es hija de una biomédica oriunda de la India, formada académicamente en Nueva Delhi y Berkeley, y de un economista jamaiquino, profesor emérito de Standford.
Lo que hace una semana eran interrogantes y preocupación, hoy son certezas y optimismo. Salvo balde de agua helada, Kamala Harris será oficialmente la candidata del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Se trata de una mujer ejemplar, aseguran entusiastas colaboradores de la prensa de nuestro vecino país del norte, cuya figura puede, asimismo, impedir el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. Sin embargo, hay que tener cuidado. Una cosa son los deseos de los opinadores de los medios de comunicación y otra muy distinta, y distante, la voluntad de los votantes. Si en México las elecciones las decidieran los articulistas, Xóchitl se habría llevado la Presidencia de calle.
El caso es que aquí y allá se han señalado estos días las virtudes de Harris, nacida en Oakland, hija de una biomédica oriunda de la India, formada académicamente en Nueva Delhi y Berkeley, y de un economista jamaiquino, profesor emérito de Standford. El asunto de la posible nominación de Kamala Harris cobra relevancia por Joe Biden, que finalmente, con humildad y honestidad, dio un paso al costado y le entregó el testigo a su vicepresidenta.
Su experiencia como procuradora y senadora le da cierto crédito hasta el momento ante reparos en asuntos delicados como la migración o la invasión de Gaza, de ahí que se destaque el hecho de ser mujer no blanca: “El origen multirracial de Harris ha sido una ventaja política que la llevó a ser comparada con el expresidente Obama. Harris creó su propia familia multirracial cuando, en 2014, se casó con Doug Emhoff, un abogado blanco del mundo del espectáculo de Los Ángeles, y se convirtió en madrastra de sus dos hijos, Cole y Ella, lo que le valió el apodo de Momala (LATEXTRA, Los Angeles Times, 22-VII-2024).
Es raro, pero ningún demócrata de California ha sido candidato a la presidencia. Si Kamala Harris asumiera esa altísima responsabilidad y eventualmente mudara de oficina unos cuantos metros en la Casa Blanca, acaso ponderaría un poco más allá su relación con Claudia Sheinbaum, científica que adquiriera sus conocimientos en la UNAM.
“Cuando era pequeña, solía acompañar a mi madre al laboratorio, donde me ponía tareas. Sobre todo, limpiar tubos de ensayo. Creo que ella siempre supo que yo no iba a seguir su camino en las ciencias. Me atraían las humanidades y las artes, aunque admirara a mi madre y a sus colegas y su trabajo”, señala Harris en su autobiografía. “Pero cuando eres la hija de una científica, la ciencia es una forma de moldear tu pensamiento. Nuestra madre solía hablarnos a Maya (su hermana) y a mí sobre el método científico como si fuera una forma de vida. Cuando le preguntaba por qué algo era así, no se contentaba con darme la respuesta. Quería que yo formulara mi propia hipótesis, que la usara como punto de partida para una investigación más profunda y que cuestionara mis suposiciones. Así es como hacía su trabajo en el laboratorio. Los experimentos que llevaba a cabo tenían como objetivo averiguar si sus ideas seguían siendo válidas tras probarse. Era como dar pataditas a los neumáticos para comprobar la presión” (Nuestra verdad, Ediciones Península, 2021, 400 pp.).
A la relación de México y Estados Unidos se le suele definir con la dicotomía amor-odio. A estas alturas, que dos damas familiarizadas con los procesos científicos tengan la posibilidad de establecer una cooperación bilateral estrecha suena mucho mejor que Trump y su horda que sólo ven con recelo, producto de una ignorancia supina, la innovación en la vida cotidiana. Parafraseando un clásico de la política estadunidense: es la ciencia, estúpido.
