Cacería

Hay puntos del planeta en los que la vida se torna una misión imposible. Por ello es que México tiene una oportunidad para generar políticas de asistencia humanitaria y no de garrote para aquellos que están de paso en tanto se resuelve su situación

Pasamos, en pocos años, de indignarnos por el muro que Donald Trump propuso alzar en la frontera, y que pagaría México, país de violadores y asesinos que se instalan en territorio del vecino del norte, según sus dichos, a ser testigos de los migrantes caribeños y centroamericanos sometidos y golpeados porque nuestra nación “no puede permitir el libre tránsito de indocumentados hacia Estados Unidos ni ofrecer documentos”, en declaraciones de Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos y Migración de la Secretaría de Gobernación.

En la práctica, el dinero del muro del norte no salió de nuestros bolsillos, pero a aquél se le ha sumado una labor de tapón en el sur, decisión contraria a la de un gobierno que se dice “humanista”. Son esas vueltas que da la vida. Cuando en 2003 Adolfo Aguilar Zinser, entonces embajador ante la Organización de Naciones Unidas (ONU), dijo que México es “el patio trasero” de Estados Unidos, varios políticos, algunos activos en la presente administración, pidieron su cabeza. El tiempo le dio la razón al ya fallecido Aguilar Zinser.

Como sea, no es muy humanista ni cristiano (ni legal) violar los derechos de quienes buscan una vida digna. De madrugada, agentes del Instituto Nacional de Migración y elementos de la Guardia Nacional han realizado operativos en esas caravanas.

Digamos que las opciones de los migrantes están entre los traficantes de personas o los oficiales uniformados que los tienen en la mira como presas de caza. En ese marco, la muerte les aguarda en cualquier momento. “Elementos de Grupos Beta del Instituto Nacional de Migración (INM) recuperaron —entre enero y agosto— 46 cuerpos de migrantes que fallecieron durante su ingreso y tránsito en el país por distintas causas como ahogamiento, accidentes, armas de fuego, problemas de salud, asaltos” (Milenio, 7-IX-2021).

Por increíble que parezca, la migración no es el problema más grave que el mundo enfrenta hoy en día. Hablamos de unas 281 millones de personas que han abandonado sus lugares de origen, según una corte de Naciones Unidas hasta el año pasado. El 15% de ese universo tiene menos de 20 años, el 73% está en edad laboral, es decir, fluctúa entre los 20 y los 64 años, en tanto que el 12% es gente mayor, de 65 años o más (United Nations Department of Economic and Social Affairs, Population Division 2020. International Migrant Stock).

Pero no, la migración es un síntoma. Cuando poblaciones enteras abandonan sus hogares es una señal de que hay lugares en que la vida resulta insoportable por cuestiones de guerra o inseguridad, por regímenes políticos autoritarios o porque la pobreza es una condición extrema que impulsa a buscar alternativas. Visto desde una perspectiva local, en la CDMX ¿cuántos niños hay en la calle intentando salir adelante y que provienen de la sierra de Puebla, por ejemplo, o cuántas familias ha desplazado el crimen organizado debido al derecho de piso por tener un negocio o... por vivir en su casa?

Hay puntos del planeta en los que la vida se torna una misión imposible. Por ello es que México tiene una oportunidad para generar políticas de asistencia humanitaria y no de garrote para aquellos que están de paso, en tanto se resuelve su situación mediante mecanismos de cooperación internacional, en angustiante pausa en este momento. Sobre todo, es responsabilidad transnacional poner especial atención en los niños que, solitos, viven experiencias que no merecen. Por cierto, ya casi se cumplen nueve meses desde que Joe Biden despacha en la Casa Blanca y los niños migrantes siguen en jaulas en Estados Unidos.

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