Barras bravas
Que en general la prensa de Argentina, país que generó el “modelo” de barras bravas, se extrañen por lo que pasó en Querétaro tendría que ser señal suficiente para todos los involucrados en el negocio del futbol organizado de México
Juanpi García, editor de deportes del mendocino Diario Uno, me preguntó, algo alarmado, por un tipo con gorra “del Boston” que hacía cola en un puesto de cerveza del Yankee Stadium sin que nadie le dijera nada. Le respondí que no recordaba incidente alguno en ningún recinto deportivo de Estados Unidos por el simple hecho de que alguien lleve los colores visitantes. Era septiembre de 2013 y nos instalamos a la altura del jardín central junto a una docena de colegas latinoamericanos. En la novena entrada, con casa llena y cuenta llena, Mike Napoli pegó de jonrón y los Medias Rojas dieron la espectacular voltereta a los famosos Mulos de Manhattan.
A los profanos en el rey de los deportes, entre ellos un par de brasileños, yo les había informado que el Boston-Yanquis era un clásico de las Grandes Ligas. Dolidos por la derrota en el último episodio, los aficionados locales abandonaron el inmueble del Bronx al ritmo de New York, New York, cortesía del sonido local. Juanpi hizo la observación a un par de sus paisanos: “Les ponen a Frank Sinatra como si fuera fiesta. Si Boca pierde de último minuto con River, capaz de que queman el estadio”.
A propósito de futbol, las tribunas de los estadios de México siempre destacaron por su “ambiente familiar” y por el hecho de que aficionados rivales convivan codo a codo, sin mayor amargura que una eventual derrota, situación que se le pareció tan extraña como maravillosa al director técnico argentino Roberto Saporiti cuando, a principios de los años 90, vino a entrenar al Necaxa.
Evidentemente, la situación nunca ha estado exenta de problemas o disturbios. El actor Sergio Corona, gran aficionado de las Chivas, me contó que hace muchos años fue al Azteca con un amigo argentino que no podía creer la convivencia y el ambiente imperante. “Se sorprendió de que en la parte de arriba del estadio sólo estuvieran cantando, echando porras y nada más. Y comenzó a platicarme: ‘Mirá, allá en Argentina son unos hijos de puta. Allá se putean, avientan cosas, avientan orines, botellas de cerveza, avientan todo. Son unos hijos de puta’. Y me estaba diciendo eso, y ¡chín!, ¡que le pega una llave! ¡Una llave! Y le abre aquí, en la frente, arriba del ojo. Y me dice: ‘Eh, son los mismos hijos de puta que te platicaba’”.
Lo que ocurrió hace ocho días en la cancha de La Corregidora supone un punto de quiebre. De un tiempo a la fecha se habían encendido los focos de alarma en diversos escenarios de nuestro país con los grupos de animación, de verdad nidos de delincuentes. Que en general la prensa de Argentina, país que generó el “modelo” de barras bravas, se extrañen por lo que pasó en Querétaro tendría que ser señal suficiente para todos los involucrados en el negocio del futbol organizado de México.
El del 70 y el del 86 son considerados de los mejores mundiales. Sin más, los dos máximos jugadores de la historia, Pelé y Maradona, fueron, respectivamente, los héroes de esos torneos. Parece un mal sueño que México sea capaz de presentar lo mejor y lo peor.
Así como en una esquina cualquiera una madre va de la mano de sus dos hijos de nueve y siete años, pongamos por caso, y pasa al lado de una narcotiendita en plena operación, así de fácil es organizar una pelea callejera en las gradas de un estadio y que pase al campo de juego.
En 2020 se estrenó en Netflix Puerta 7, serie que retrata las barras bravas argentinas y sus largos tentáculos. El episodio de La Corregidora reúne todos los elementos para una gran historia: política (dos gobernadores involucrados), crimen organizado (y una fuerza pública torpe), estampa social (una madre entregando a su hijo a las autoridades) y poder empresarial (los dueños de la pelota en plena contención para afectar lo menos posible a un socio: hoy por ti, mañana por mí).
