80 años del Paricutín
Hay una muestra virtual de fotografías del volcán purépecha, El nacimiento de un volcán, con instantáneas de Rafael García, quien nos avisa el texto de entrada: “Viajó para atestiguar el fenómeno y dar cuenta de la proeza natural a través de su lente”.
La anunciada nueva normalidad que trajo el coronavirus, en realidad se sumó a la que ya venía empujando. Detengámonos en el ámbito de la cultura y las artes. De entrada, el mundo virtual permite acelerar algunos procesos de la vida cotidiana: adquisiciones diversas y movimientos bancarios o el envío de mensajes de texto o de voz y archivos que llegan a su destinatario, siempre y cuando no sean demasiado “pesados”. En pleno confinamiento, las plataformas de streaming permitieron hacer más llevaderos los largos días de encierro, en tanto que los lectores aliviaron su manera compulsiva de hacerse de materiales de lectura a través de dispositivos u órdenes de compra por mensajería. Eso, por un lado.
Por otro, las exposiciones virtuales surgieron como alternativa ante la imposibilidad de visitar museos y galerías. Años atrás, los recintos más importantes del mundo efectivamente diseñaron páginas web para echar un vistazo a las obras maestras de la humanidad, es decir, abrieron la posibilidad de “estar ahí”. Los virtual es, pues, como llevar una segunda vida. No fue gratuito el surgimiento de la comunidad Second Life, precisamente.
No me desvío más: algunos espacios plantearon “visitas” a exhibiciones temporales. Ese ejercicio multiplicó sus alcances, a saber, pues se inauguró una manera de organizar exposiciones, con curaduría y museografía, pero de manera virtual, con lo que, además, se ahorran los gastos habituales que requiere cualquier muestra (seguros de “clavo a clavo”, personal de seguridad y limpieza, luz, agua, entre otros). Asimismo, se evita la incertidumbre por saber si se contará en tiempo y forma con los espacios físicos de exhibición, sobre todo aquellos en los que se depende de trámites burocráticos.
Pensé en todo lo anterior al ver la muestra virtual de fotografías del Paricutín, El nacimiento de un volcán, con instantáneas de Rafael García, quien nos avisa el texto de entrada: “Viajó para atestiguar el fenómeno y dar cuenta de la proeza natural a través de su lente”. Se trata de un sitio diseñado ex profeso con el que el INAH celebra los 80 años del volcán purépecha al cual se puede acceder aquí: https://www.artsteps.com/view/6452a59828d02fb9fdcab8b5. En blanco y negro quedaron perfectamente registrados el fuego, la lava y el humo producto de la furia de la naturaleza ante el cautivo ámbito rural michoacano.
Llama la atención una foto del Dr. Atl en su estudio, con su equipo de trabajo, ya listos para realizar una producción plástica del acontecimiento. Como pintor y vulcanólogo, el Dr. Atl estaba obligado a atender esa cita. También destaca una imagen de Lázaro Cárdenas, en ese entonces ministro de Defensa del presidente Manuel Ávila Camacho, quien fue a coordinar las labores de auxilio de las zonas afectadas.
En Excélsior, Luis Spota, de apenas 18 años, fue enviado a cubrir el acontecimiento. Llama la atención que en la primera de sus tres entregas se haya incluido un epígrafe del Chilam Balam de Chumayel: “Toda luna, todo año, todo día, todo viento camina y pasa también. También toda sangre llega al lugar de su quietud”. ¿Fue idea de Spota o de los editores de El Periódico de la Vida Nacional?
El caso es que el futuro novelista inicia así su crónica: “Dieciséis mil personas agonizan bajo las negras arenas que el Paricutín disemina en una extensa zona de varios miles de kilómetros cuadrados. Docenas de pueblos, comunidades, aldeas y rancherías han sido o están siendo lentamente evacuados por sus moradores. Campos antes ricos, magníficos, son ahora un solo ancho e intermitente desierto. La vida vegetal y animal ha concluido para siempre, y los broncos arroyos michoacanos arrastran su oscura corriente a lo largo del dramático silencio del hambre”.
Para nuevas normalidades, la del Paricutín en 1943.
