La siguiente víctima de la austeridad

El nuevo gobierno tiene en la mira a las instituciones de la democracia para recortar sus recursos.

Ahorrar es práctica virtuosa: permite emprender nuevos proyectos, hacerse de lo que hace falta, responder a contingencias y estar preparado para hacer frente a posibles desventuras. Pero si teniendo recursos se restringe el gasto en lo básico, entonces estamos ante una tacañería irresponsable.

Peor aún si lo ahorrado en áreas fundamentales sirve para financiar caprichos y derroches. ¿Y qué les digo cuando se trata del presupuesto de un país y se recorta hasta la seguridad social para financiar clientelas electorales vinculadas a un proyecto personal?

Así que el tema no es dilucidar si es correcto ahorrar, sino en qué y para qué se ahorra. El nuevo gobierno está recortando recursos indispensables de instituciones que son fundamentales para la seguridad, la salud, la educación, la ciencia, la tecnología, la cultura, las artes, la investigación humanística... y ahora tiene en la mira a las de la democracia.

Ni el más neoliberal de los gobiernos anteriores había llegado a tanto con sus recortes, aunque vale apuntar una diferencia: aquí se trata de reorientar el gasto, más que de disminuirlo. Como se rehúsan a una reforma fiscal no les queda otra alternativa que tomar el dinero de donde no deben, dejando, por ejemplo, hospitales públicos sin material, medicinas y personal, incluso para tratar enfermedades de alta mortalidad como el cáncer.

A final de cuentas es una discusión de prioridades. Para el presidente Andrés Manuel López Obrador nada es más importante que transferir dinero en efectivo a los más de veinte millones de beneficiarios proyectados y realizar sus obras de infraestructura.

No importa que los programas sociales no tengan ni controles ni reglas de operación, ni que Santa Lucía, Dos Bocas y el Tren Maya carezcan de estudios y, muy probablemente, de viabilidad.

Para quimioterapias o proyectos científicos no hay recursos, pero para inundar lo que se avanzó en el NAIM de Texcoco y ya no pueda observarse desde el cielo, recordando tan absurda decisión, que se haga al alimón.

Los “daños colaterales” de la decretada grandeza histórica se vislumbran altos y graves. No hay parámetro con datos verificables en el que el país no esté cayendo.

Por fortuna, el Poder Judicial ha sido contrapeso para poner freno a hechos irreparables en Texcoco y Santa Lucía, pero vienen las mayores presiones. El amago de exhibir en las mañaneras a quienes se ampararon es sólo un primer aviso y una extraña manera de acreditar la certeza jurídica prometida a los empresarios.

Por si no hubiera suficientes frentes abiertos, ahora apuntan las filosas tijeras de la “4T”a la democracia con una regresiva contrarreforma política. Pero aquí la austeridad es el pretexto. En realidad lo que se busca es darle el control electoral al gobierno.

Si en algo debe haber consenso de las distintas fuerzas políticas es en las reglas del juego para disputar el poder y las garantías las pelea quien está afuera. Por eso todas las reformas anteriores han surgido como demandas de la oposición, pero ahora viene desde el gobierno, anteponiendo el ahorro a la certeza.

Como si quisieran seguir el guion del multicitado libro Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, quienes lucharon y se beneficiaron de las legislaciones e instituciones democráticas, tras su triunfo, trabajan para desmontarlas con el objetivo de perpetuarse en el poder.

No esconden la intención de controlar los órganos electorales, reduciendo el Instituto Nacional Electoral (INE) a siete miembros y nombrando a todos los consejeros estatales desde la Cámara de Diputados. No olvidemos que la coalición de Morena tiene una mayoría artificial. Es verdad que AMLO obtuvo 53% de los votos, pero los legisladores de su alianza tuvieron únicamente el 43%. Fraudes a la ley, cachirules y compra de diputados impresentables hicieron que ellos tengan hoy mayoría calificada.

Si algo ha definido a nuestra transición democrática fue sacar al Presidente de las contiendas electorales. Andrés Manuel López Obrador insiste en estar en la boleta en 2021 con la artimaña de lo que llama “revocación de mandato”. Veremos si logra tirar a la basura tres décadas de reformas que le permitieron llegar a la presidencia.

Temas: