Evo y la CNDH

El principio básico de la convivencia democrática es aceptar que los opositores puedan gobernar. Pero, en una mañanera reciente, el Presidente se encomendó a Dios para que eso no suceda.

En el principio fue la ambición, no el golpe. La historia es caprichosa y no podemos saber el desenlace, pero sí tenemos la posibilidad de rastrear la génesis de la crisis para sacar lecciones y aprender de la experiencia.

Se agudiza la ingobernabilidad en Bolivia porque el líder social que la gobernó desde hace casi tres lustros insiste en reciclar el mensaje que le permitió, en escenario igualmente convulso, arribar al cargo que, aun en el exilio, se rehúsa a dejar: “Yo o el Diluvio”.

Sólo que en 2005 Evo Morales no había gobernado y su llegada generó gran esperanza en un país donde los indígenas son mayoría y han sido históricamente explotados. Es verdad que tuvo indudables éxitos económicos y no es menor que haya empoderado a los pueblos originarios, pero también es cierto que desde el inicio mostró un talante autoritario al concentrar el poder, hostigar críticos y subordinar instituciones a su proyecto político.

Evo se aseguró de que en la Constitución Plurinacional se incluyera la reelección, aunque fuera por un solo periodo. Al terminar su segundo mandato, hizo que el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) interpretara que su primer mandato no entraba dentro del conteo porque lo ejerció antes de que se publicara la Carta Magna y así pudiera postularse de nuevo.

En 2016 realizó un referéndum para quitar la prohibición y reelegirse por tercera vez; al perderlo fue de nuevo al TCP y éste le aseguró que ser candidato es derecho humano y, por tanto, el artículo constitucional que se lo prohibía era inconstitucional. ¿Se imaginan que en México la Suprema Corte de Justicia de la Nación compartiera el mismo criterio?

El 20 de octubre de 2019, Bolivia vivió el 88 mexicano. Todo el aparato de Estado a favor del candidato oficial y, como las cifras preliminares no aseguraban librar la segunda vuelta, se cayó el sistema por 22 horas. Cuando regresó, Evo Morales tenía la ventaja que necesitaba. Como el Tribunal Supremo Electoral también fue capturado por incondicionales, no contaba con la confianza de partidos de oposición ni de gran parte de la población que salió a las calles masivamente a protestar.

Con la revelación de actas falsificadas, muertos que votaron y manejo turbio de los paquetes, manifestantes que resistían la represión y organizaciones muy diversas pasaron a demandar la renuncia del mandatario. El informe de la OEA, que recomendaba segunda vuelta y que el entonces presidente quiso tomar de salvavidas, llegó tarde.

El punto de quiebre fue cuando la policía decidió no enfrentar más las protestas y regresar a sus cuarteles y el ejército no quiso tomar su lugar. Luego vino la injustificable “sugerencia” golpista del general, instando a la renuncia. Y ahora estamos en un contexto de manifestaciones evistas y represión ordenada por un gobierno sin legitimidad democrática que no puede convocar a elecciones sin acuerdo con el partido de Morales que controla la Asamblea Nacional y no reconoce a la nueva mandataria. Para sintetizar, con Evo o sin Evo no hay gobernabilidad y el Diluvio parece inevitable.

La hybris de la tragedia está en la incapacidad del gobernante de verse fuera del poder. Por ello sometió al sistema de justicia, capturó instituciones con adeptos, incluso aquellas con autonomía constitucional, y mantuvo amplias clientelas electorales con recursos públicos. Cultivó el culto a su personalidad para que el “pueblo” lo considerara imprescindible y en su nombre pasar por encima de la ley, sabiendo que una Corte controlada siempre le dará la razón. Eso, que también ocurre en Venezuela y Nicaragua, empieza a perfilarse en México.

La CNDH no es el primer organismo autónomo que coloniza el presidente Andrés Manuel López Obrador, pero la violación a la ley al imponer como titular a una dirigente de su partido mediante fraude resultó revelador. El próximo año se eligen cuatro consejeros del INE y Morena presentó iniciativa para remover a su presidente. El principio básico de la convivencia democrática es aceptar que los opositores puedan gobernar. Pero en una mañanera reciente, Andrés Manuel López Obrador se encomendó a dios para que eso no suceda.

¿Aprenderemos de Evo y Bolivia o recorreremos su misma senda, pero sin crecimiento económico y con la violencia criminal desatada?

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