Notre Dame como anillo al dedo
Su reapertura sirvió para permear entre la sociedad francesa el mensaje de unidad y resiliencia.
La ceremonia de reapertura de la Catedral de Notre Dame en París tuvo más presencia de mandatarios internacionales que la toma de protesta de nuestra actual Presidenta. Si alguien sabe ser buen anfitrión y sacar provecho hasta de una celebración religiosa, ése es el presidente de Francia, Emmanuel Macron.
El evento le significó al presidente galo realizar cuatro en uno: una cumbre diplomática con presencia de más de 40 líderes destacados internacionales; un acontecimiento unificador de política interna en momentos de otra crisis en su gobierno; un decidido apoyo a la iglesia católica de Francia, tan desacreditada en los recientes años, y un espectáculo con proyección internacional visto por millones de personas con gran repercusión a la marca país y turismo de ese país.
Con sólo la presencia del invitado especial, Donald Trump, recientemente resucitado y fortalecido políticamente, Macron envío un mensaje poderoso a la comunidad internacional en el complejo contexto en la que se encuentra. A todos nos quedó claro que el magnate americano es un aliado de los franceses, y que a nadie sorprenda que será, seguramente, el mandatario francés uno de sus grandes aliados para reintegrarlo o conciliar con los europeos después de sus divergencias y exabruptos con ellos durante su primera administración.
El presidente Macron no desaprovechó la primera gira internacional de Trump ya como presidente electo, y se anotó una estrellita como cabildero de su amigo el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, al organizar una reunión trilateral.
Si alguien se ha mostrado decididamente abierto a respaldar al ucraniano, ése ha sido el francés, y el encuentro cumplió el cometido de enviar otro gran mensaje, especialmente a los rusos, de que los aliados echaron andar la maquinaria diplomática para atraer a Trump a la causa del gobierno de Zelenski.
En política interna, la reapertura de Notre Dame sirvió para permear entre la sociedad francesa el mensaje de unidad y resiliencia de cara a ésta y otras adversidades del país.
Nuevamente, el gobierno macronista pasa por una crisis luego de la dimisión de su primer ministro que llevaba un par de meses en el poder y que su llegada se dio luego de disolver el parlamento para reconfigurar las fuerzas políticas. Por ello, Notre Dame le vino como anillo al dedo y lo fortalece políticamente frente a la opinión pública, al mostrarse como un líder perseverante y audaz dispuesto a cumplir cualquier objetivo propuesto.
Sin dudarlo, mostró la habilidad de su gobierno para cabildear y lograr la recolección de fondos económicos y apoyos a la causa, sin desproteger, al mismo tiempo, los compromisos que cumplió en este 2024, como fueron los juegos olímpicos.
Devolver la grandeza a uno de los monumentos más emblemáticos de la capital francesa, permitirá que 15 millones de visitantes al año acudan a este recinto luego de su reapertura al público. Los mil millones de dólares inyectados en su reconstrucción serán recuperados en un par de años si multiplicamos el número de sus visitantes por un cobro de 20 a 30 euros por persona, negocio redondo.
Desde el incendio hasta la celebración litúrgica al interior de Notre Dame, se le dio una cobertura mediática que brindó una oportunidad inigualable a la Iglesia para posicionarse y congraciarse con una sociedad francesa de la que sólo 50 por ciento se considera católica. Pareciera que todo ello bajo la estima política del Palacio del Elíseo, de la que en años anteriores había sido apartada y hoy parece ser de nuevo una aliada de los grupos conservadores en el intento de adherirla de nueva cuenta como parte de la identidad francesa.
Macron consiguió que todos los ojos del mundo estuvieran puestos en Francia este año dos veces. A más de uno dejó con el ojo cuadrado en su país y fuera de él, al haber logrado algo que parecía impensable desde el día que lo anunció, restaurar en tiempo récord la catedral incendiada en 2019. Jesús les propuso a los judíos destruir el templo y el levantarlo en tres días, a Macron le tomó cinco años.
