El estado 51
Trudeau no dejó pasar otra vez una bufonada de Trump y fue más firme al espetarle que “no hay ni la más remota posibilidad de que Canadá se convierta en parte de Estados Unidos”.
Si creíamos que había quedado en los libros de historia la frase de “América para los americanos” del presidente estadunidense, James Monroe, y que resume la política exterior expansionista de ese país en el siglo XIX y por la que México perdió más de la mitad de su territorio, al parecer estábamos equivocados.
Suena a vacilada y a otra más de las absurdas declaraciones que le conocemos al ahora todopoderoso Donald Trump, pero hábil como es y con toda intención, soltó sin mayor reparo una mezcla de ideas imperialistas disfrazadas de urgencia e importancia de una reconfiguración geopolítica por seguridad nacional y de la región de occidente, que se traduce a querer incrementar su presencia en el Ártico.
En el caso de Canadá, lo que empezó con una supuesta broma hacía el “gobernador” Justin Trudeau, toma otra dimensión cuando en medio de la crisis política que ahora vive ese país, externar reiteradamente esos comentarios en un momento de debilidad interna parecería que, apuesta por sembrar la polarización y provocar reacciones a su loca idea entre los canadienses, para obtener algo con lo que pueda negociar después.
Y vaya que comenzó la efervescencia, pues empiezan a circular encuestas sobre la propuesta trumpista de que Canadá se convierta en el estado 51 de Estados Unidos. La encuestadora Leger publica que 13% de los canadienses está a favor de serlo, contra 82% que no y 5% que estaría indeciso.
De los encuestados, los más abiertos a esta idea se encuentran en la provincia de Alberta, una de las más prosperas del país con una producción petrolera y gas de 70 por ciento. Le siguen las provincias de Manitoba y Saskatchewan.
Los habitantes de las provincias atlánticas de Canadá como Nuevo Brunswick, Terranova y Labrador, Nueva Escocia y la Isla del Príncipe Prince Eduardo son los que más se opondrían a una adhesión con los estadunidenses, seguidos de las provincias de Quebec y Ontario.
En cuanto a su filiación política, la idea tendría más eco con 25% que sí, 57% que no entre aquellos que pertenecen al Partido Popular Canadiense; entre los Conservadores, 21% estaría a favor y 73% en contra; mientras que de lado del Partido Liberal —de Trudeau— 89% se declara en contra y sólo 10% lo aceptaría.
Justin Trudeau, en medio de la tormenta política que vive tras anunciar su próxima salida del poder, no dejó pasar otra vez una bufonada del americano y esta vez fue un poco más firme y reaccionario al espetarle que “no hay ni la más remota posibilidad de que Canadá se convierta en parte de Estados Unidos”.
No se quedó atrás el líder del Partido Conservador, Pierre Poilievre, que tiene altas probabilidades de ganar las próximas elecciones como primer ministro y sabe que, de ganar, tendrá que lidiar con un Trump diferente al de hace ocho años. Así que su reacción, esperada por sus simpatizantes, se centró en anunciar que defenderá a su país con la fuerza e inteligencia y reiteró, como otras voces políticas, que Canadá nunca será el estado número 51.
La montaña rusa de presiones a las que está llevando Trump a los canadienses por lo menos logrará conseguir como respuesta, que el próximo en el gobierno canadiense sea más condescendiente con su administración en los temas de interés del magnate, como el migratorio, seguridad fronteriza, OTAN, T-MEC, Ucrania, China y otros más.
La disparatada idea de poseer Canadá y Groenlandia sólo se explica en el deseo trumpista de que Estados Unidos esté en igualdad de condiciones frente a los rusos en el Ártico. Algo que seguramente ya le quita el sueño al próximo inquilino de la Casa Blanca.
La oferta de Trump está en aire, y hoy los canadienses la rechazan tajantemente, como estoy seguro cualquier otra nación libre y soberana lo haría. Pero algo que empezó como una broma, va in crescendo, y debería de empezar a verse con cautela.
