El desplome de la trudeaumanía

La burla del próximo presidente estadunidense no fue un chascarrillo cualquiera, hizo mella y recrudeció el contexto desfavorable para Trudeau, quien enfrenta una severa crisis de popularidad que arrastra desde hace ya varios años, pero esta vez agravada por no tener aliados políticos, quienes ya le dieron la espalda.

En el verano de 2017, en pleno auge de popularidad del “Kennedy canadiense”, la revista Rolling Stone se hacía la reflexión: ¿Por qué Justin Trudeau no puede ser el presidente de Estados Unidos? Hoy, es Donald Trump quien, consciente de la debilidad política que atraviesa el primer ministro de Canadá, se mofa y se refiere a él como el gobernador del estado 51 de Estados Unidos

La burla del próximo presidente estadunidense no fue un chascarrillo cualquiera, hizo mella y recrudeció el contexto desfavorable para Trudeau, quien enfrenta una severa crisis de popularidad que arrastra desde hace ya varios años, pero esta vez agravada por no tener aliados políticos, quienes ya le dieron la espalda. Todo ello juega en contra y bien podría costarle la pretendida reelección por un periodo más en los comicios federales de octubre de 2025.

Según una reciente encuesta de Ipsos, sería un 67% de los canadienses que desaprueba el liderazgo de Trudeau, al cual atribuyen problemas como el alto costo de vida, inflación, acceso a vivienda, migración, el costo de la energía, ley y orden, salud, entre otros. A este descontento se viene a sumar la presión de Trump de querer imponer aranceles a las exportaciones canadienses.

Tras nueve años gobernando Canadá, pareciera que el gobierno empieza a dar tropezones y ni en su propio Partido Liberal lo ven como un activo con el cual puedan consolidar su llegada al poder. Por eso, más de un diputado liberal ha levantado la mano pidiendo su dimisión como primer ministro y renuncia al partido antes de que su popularidad siga cayendo por el despeñadero y los arrastre a una aplastante derrota ante el Partido Conservador.

A este impasse se suma la reciente renuncia de su mano derecha, su viceprimera ministra y ministra de Economía, Chrystia Freeland, quien deja claro que se va por desacuerdos irreconciliables con Trudeau por el manejo de la economía del país y esto profundiza aún más la crisis entre los liberales.

En las últimas semanas se ha insistido que Trudeau podría dejar el poder en breve, sobre todo animado por sus socios socialdemócratas de coalición y algunos de sus propios ministros. A preguntas expresas por los medios de comunicación, él ha respondido que continuará, se muestra decidido a resistir la presión de los liberales descontentos y cumplir su ciclo y la década en el poder. Pero quizás este periodo navideño dé una tregua y un suspiro a su gobierno, o sea, un periodo en el que reflexione sobre su futuro político.

Una tempestiva renuncia de Trudeau traería más desorden para el país que beneficios, sobre todo cuando faltan unos meses para los comicios previstos en 2025. Poco se ganaría con adelantar las elecciones, es más un capricho para los liberales que para el resto del país, pues, de ganar un primer ministro del Partido Conservador como se prevé, será una opción fuerte frente a Trump y es una de las exigencias de los canadienses.

No cabe duda de que nada es para siempre, el tiempo político del otrora rockstar canadiense se empieza a marchitar. Aquella frescura, juventud y carisma de un político liberal comprometido con las causas sociales más controvertidas de este siglo como el aborto, la legalización de la mariguana, el matrimonio igualitario, cambio climático y de puertas abiertas a la migración, languidece a sus 53 años y parece no reconocerlo, y mucho menos parece renovarse.

En 1984, su padre, Pierre Elliott Trudeau, también tocaba fondo en las encuestas de popularidad con un 23%, tras 16 años en el poder y ser uno de los políticos que, en sus mejores tiempos, fue reconocido por ser el arquitecto de lo que es hoy la actual Canadá. En sus memorias describe cómo vio su entorno desfavorable y entendió que debía partir del Partido Liberal y como primer ministro. Cuarenta años después, ¿tendrá la misma sensatez Justin Trudeau para reconocer que es hora de partir al terminar su mandato?

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