El Aberfan español
Todos pudimos ver imágenes de unos reyes desconcertados, tratando de ser empáticos, pero al mismo tiempo dudosos y nerviosos; las fuerzas del orden y de seguridad claramente fueron rebasadas.
El cuestionado manejo de crisis de la reina Isabel II de Inglaterra sobre la catástrofe de Aberfan, en Reino Unido, fue una de las más duras lecciones que le dio el pueblo inglés a su monarca y que debiera ser una referencia obligada para la toma de decisiones y acciones ante las inevitables tragedias que pueda atravesar cualquier gobierno.
El negarse a visitar de inmediato la comuna galesa inundada por una avalancha de lodo que terminó con la vida de 144 personas, en su mayoría niños, en aquel octubre de 1966, le pasó una gran factura a la imagen pública de la familia real inglesa y, sobre todo, a la propia, Isabel II, quien en diversas ocasiones refirió que el haber asistido tardíamente a Aberfan fue uno de sus mayores arrepentimientos.
Casi seis décadas después y con muchas lecciones similares ocurridas alrededor del mundo, pareciera que no ha permeado en el manual del manejo de crisis de los gobernantes para que reaccionen oportunamente cuando una situación grave amerite de inmediato su presencia.
El ciudadano común y corriente, ése de a pie, quiere ver a sus autoridades codo a codo, con ellos, enfrentando la emergencia desde los primeros momentos, y no que lleguen bañaditos y listos para la foto como les ocurrió a los reyes de España, cuando desembarcaron a la zona afectada de Valencia cinco días después de ocurridos los lamentables hechos.
No hay antecedentes de que Felipe y Letizia hayan enfrentado el reclamo de una turba social enardecida, lo acontecido en las calles del poblado de Paiporta supuso su gran prueba de fuego que nunca olvidarán y que aún desconocemos las consecuencias políticas y sociales que tendrá en un futuro, tanto para las autoridades de la Generalitat de Valencia y del gobierno del socialista Pedro Sánchez, como para la familia real española.
Fue de asesores principiantes dejar que luego de ocurrida la tragedia cedieran el terreno a la oposición, aprovechando la ausencia de las autoridades para atizar y manipular la indignación popular contra el gobierno, a grado de que ni bien descendieron de su vehículo, los reyes y Sánchez fueron increpados violentamente, lo cual es reprobable, pero que a los intereses políticos de quienes lo provocaron les resultó redituable el que hayan vapuleado a los gobernantes. Al pueblo, pan y circo.
El incidente le dio la vuelta al mundo en segundos por redes sociales y medios de comunicación, todos pudimos ver imágenes de unos reyes desconcertados, tratando de ser empáticos, pero al mismo tiempo dudosos y nerviosos; las fuerzas del orden y de seguridad claramente fueron rebasadas. Lo único rescatable de este episodio fue que los reyes continuaron su recorrido con dignidad, a diferencia de Pedro Sánchez que salió huyendo, pero tal y como se lo dijo una ciudadana a Letizia con todas sus letras, no era el momento ni el día. Y sí, el día debió ser al día siguiente de la tragedia.
Desde entonces no han visitado las calles —y dudo que lo quieran hacer— de la zona cero. La presencia se acotó a darle seguimiento a la tragedia desde espacios controlados como bases y buques militares, centros de operaciones, entre otros.
A la reina Isabel II le tomó muchos años volver a recuperar la confianza y superar la crisis por la insensibilidad que demostró los primeros días del accidente de Aberfan, hoy en día los reyes de España tienen suficiente tiempo por delante para para corregir y enmendar este garrafal error, para no heredar un trono en crisis.
Todo debería empezar por dar justicia a las familias de los 224 fallecidos, lesionados y quienes hayan perdido todo, sin eso, difícilmente se podrá hacer borrón y cuenta nueva.
Gobernantes, ¿qué les impide salir de su burbuja y ser quienes encabecen una tragedia? Si deciden no hacerlo, aquí tienen otro ejemplo más de las graves consecuencias.
