Cita con Oaxaca

Las costumbres, tradiciones y festividades, al igual que la preservación de su lengua, su vestimenta, cocina y productos típicos son el alma de los propios pueblos.

Quien no haya visitado Oaxaca en julio, no ha conocido una parte del México de muchas caras, ése de raíces y tradiciones profundas, el mágico, surrealista y místico, el alegre y colorido en su máximo esplendor, ése que nos toca el corazón y enorgullece, ése que nos recuerda que pese a los grandes problemas que nos aquejan somos afortunados entre los países por el enorme legado y riqueza cultural con la que contamos.

El homenaje racial a Oaxaca conocido como la “Guelaguetza”, que se celebra en su formato actual desde hace 93 años, es sin duda uno de los eventos culturales más importantes de los pueblos originarios de nuestro país y de América Latina. A través de sus 16 etnias y su pueblo afromexicano, esta entidad sureña nos recuerda año con año que aún persiste una vasta herencia cultural que da la batalla para sobrevivir hasta nuestros días. 

Los tiempos han cambiado vertiginosamente en todos los sentidos y, nos guste o no, se van perdiendo características tan importantes como la autenticidad en este tipo de celebraciones. Aunque estas festividades han sabido adaptarse a diferentes épocas, no está muy lejano el día en que las nuevas generaciones desde el desconocimiento y desinterés se desconecten con sus raíces, lo cual hará profundamente difícil la supervivencia de una tradición, ritual o festividad.

A esto hay que añadirle que las celebraciones como la Guelaguetza están siendo presas de la turistificación que busca adecuarlas y transformarlas para un consumo voraz del turismo más que para preservarlas. Así en los últimos años, la máxima fiesta de los oaxaqueños está plagada de muchos elementos que desconocen nuestros ancestros y que hoy en día ven cómo se celebra por doquier bajo una infinidad de “ferias regionales” que poco promueven la originalidad y tradición, y buscan más bien satisfacer un propósito meramente turístico y comercial.

Otro ingrediente que acecha no sólo a esta festividad sino a la cultura de la entidad es el uso inadecuado y la búsqueda de la apropiación cultural por parte de empresarios y particulares. Por ejemplo, las “Chinas Oaxaqueñas”, como se les llamaba a las mujeres que provenían del Barrio de la China de la capital oaxaqueña y que solían participar con sus vestimentas cotidianas y tradicionales en las festividades de la ciudad, actualmente se reduce a dos grupos folclóricos patrocinados por privados con la adjudicación del nombre y que se presentan bajo la denominación de las “Chinas Oaxaqueñas de Doña Genoveva Medina o de Casilda”, una de ellas con registro ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial.

Otro caso fue el del espectáculo Bani Stui Gulal que en zapoteco significa “repetición del pasado”. Adoptado por los oaxaqueños desde 1969 y que narra el origen y evolución de la Guelaguetza. Durante casi 15 años no se presentó porque se vio envuelto en problemas legales por un litigio entre particulares por derechos de autor. De ser una celebración del pueblo y para el pueblo no faltó quien lo viera con oportunismo e interés.

Las costumbres, tradiciones y festividades, al igual que la preservación de su lengua, su vestimenta, cocina y productos típicos son el alma de los propios pueblos. Por ello, las autoridades deben poner especial atención a la depredación a la que están llevando a esta festividad de los pueblos originarios y ofrecer garantías para la protección de su patrimonio cultural vivo e intangible.

En próximos años no desearíamos ver una delegación tuxtepecana en la Guelaguetza denominada “Flor de Piña de Paulina Solís Ocampo”, porque el bello baile de la Cuenca del Papaloapan, aunque fue concebido por esta profesora de primaria, así como el resto de las expresiones folclóricas del estado son patrimonio inmaterial no de unos cuantos sino del pueblo de Oaxaca.

¡Larga vida a Oaxaca y su Guelaguetza!

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