Hace unas semanas nos hicimos una pregunta que despertó la imaginación de millones de mexicanos: ¿Y si sí? No era solamente una consigna deportiva. Era una manera distinta de mirar el futuro. Una invitación a creer que las grandes metas comienzan cuando alguien se atreve a pensar que son posibles. Hoy, la realidad nos encuentra en otro lugar.
La Selección Mexicana no alcanzó los cuartos de final y el Mundial se acerca a su desenlace. Como ocurre después de toda competencia, quedan las estadísticas, los análisis, las explicaciones y las inevitables preguntas sobre lo que pudo hacerse mejor. Pero quizá la pregunta más importante sea otra: ¿Qué hacemos cuando el “¿y si sí?” termina convirtiéndose, al menos por ahora, en un “¿esta vez no?”?
Vivimos en una cultura que ha acostumbrado a medir el valor de las personas únicamente por sus resultados. Pareciera que sólo merece celebrarse aquello que termina en victoria. Sin embargo, la experiencia humana siempre ha sido mucho más rica que la lógica del marcador, las historias que verdaderamente admiramos rara vez fueron lineales. Los grandes científicos convivieron durante años con el error antes del descubrimiento. Los mejores artistas atravesaron largos periodos de incertidumbre antes de encontrar su centro. Las empresas más admiradas conocieron fracasos que terminaron redefiniendo su propósito. Las naciones también crecen así, no avanzan porque todo les salga bien desde el principio, sino porque aprenden a convertir cada tropiezo en una oportunidad para mejorar.
Quizá el mayor aprendizaje del deporte no sea enseñar a ganar, sino enseñar que es posible volver a empezar, porque perder también educa. Educa en la humildad para reconocer lo que falta, educa en la fortaleza para perseverar, educa en la paciencia para comprender que los procesos importantes requieren tiempo y educa, sobre todo, en una verdad profundamente humana, que nuestro valor nunca depende del resultado obtenido.
Con demasiada frecuencia confundimos la meta con el sentido del camino. Pensamos que la felicidad comenzará cuando llegue el ascenso, cuando termine la carrera, cuando aparezca el reconocimiento o cuando levantemos la copa. Sin embargo, las personas que verdaderamente florecen suelen descubrir algo distinto y es que el camino no es el precio que pagamos para llegar a la meta, el camino es en esencia parte de la meta.
Porque es en el camino donde aprendemos disciplina, amistad, resiliencia, generosidad y confianza, donde descubrimos quiénes somos cuando las cosas no salen como esperábamos y cuando las cosas están desprovistas de emoción. Por tanto, el aprendizaje más valioso que deja cualquier derrota es que nos enseña que las recompensas más importantes de la vida casi nunca llegan de manera inmediata.
Por ejemplo, la educación requiere años, la confianza se construye lentamente, el carácter madura con el tiempo y las instituciones florecen generación tras generación. También los países necesitan aprender esa paciencia.
México sigue teniendo enormes desafíos, pero también enormes posibilidades. El Mundial termina la próxima semana, pero la historia de nuestro país, no.
Por eso quizá la pregunta ya no deba ser ¿Y si sí?, tal vez la pregunta que hoy necesitamos hacernos sea otra: ¿Y si todavía no?
Porque “todavía no” significa que el esfuerzo continúa y que aún hay algo por aprender. Esta pregunta nos invita a reflexionar, a comprender que todavía podemos prepararnos mejor y que el futuro permanece abierto.
La esperanza auténtica nunca ha consistido en pensar que todo saldrá bien a la primera, sino que nos lleva a seguir caminando, incluso, cuando el resultado no fue el esperado. Recordemos que las personas, las instituciones y los países que terminan alcanzando las metas más altas no son aquellos que nunca fracasan, sino que son aquellos que aprendieron que ninguna derrota tiene la última palabra, mientras exista la decisión de volver a intentarlo.
