Cuando todo se define por su utilidad

Hay una pregunta que hacemos con enorme naturalidad y que, sin darnos cuenta, dice mucho sobre nuestro tiempo: ¿para qué sirve? La hacemos frente a una carrera universitaria, un proyecto de investigación, una disciplina académica e incluso ante aquello que nuestros hijos deciden estudiar. ¿Para qué sirve estudiar Filosofía? ¿Qué oportunidades laborales tiene determinada licenciatura? ¿Qué aplicación tendrá una investigación? ¿Cuánto impacto genera un proyecto? Son preguntas legítimas. Las universidades tenemos la responsabilidad de responder a las necesidades de nuestro tiempo y sería absurdo pensar que podemos vivir indiferentes a la empleabilidad de nuestros egresados, al desarrollo económico o a los grandes problemas de la sociedad. Pero quizá convenga preguntarnos qué sucede cuando la utilidad deja de ser una medida de valor y comienza a convertirse en la medida de todo valor.

He pensado mucho en esta cuestión durante los últimos meses a propósito de la llamada “tercera misión” de la universidad. Tradicionalmente hemos reconocido dos grandes tareas universitarias, la de enseñar y la de investigar. Sin embargo, alrededor de ellas ha crecido un universo cada vez más amplio de responsabilidades: transferencia tecnológica, emprendimiento, formación continua, difusión cultural, innovación, sostenibilidad, vinculación empresarial, compromiso social. La evolución es extraordinariamente positiva. Una universidad encerrada sobre sí misma, indiferente a lo que sucede fuera de sus aulas, difícilmente podría cumplir hoy su misión. El problema aparece cuando, en nuestro deseo legítimo de demostrar nuestra contribución a la sociedad, comenzamos a pensar que todo aquello que hacemos debe producir un resultado inmediato, cuantificable y visible.

Vivimos, además, en una cultura fascinada por los indicadores. Medimos todo. Y necesitamos hacerlo. Medir nos permite conocernos, rendir cuentas y mejorar. Peromedir una realidad nunca debería llevarnos a pensar que sólo existe aquello que somos capaces de medir. ¿Cómo cuantificamos el valor de una investigación cuyos frutos aparecerán dentro de 30 años? ¿Dónde registramos una conversación con un profesor que cambió la manera en que un alumno comprendió su vocación? ¿Qué indicador recoge el valor de conservar una obra, estudiar una lengua antigua o formular una pregunta cuya respuesta quizá no produzca ningún beneficio económico inmediato?

La universidad necesita responder a los problemas de su tiempo, pero también necesita conservar la libertad necesaria para formular preguntas que su tiempo todavía no considera importantes. Necesita desarrollar soluciones, pero también comprender los problemas antes de apresurarse a resolverlos. Necesita escuchar a las empresas, a los gobiernos y a la sociedad, pero no puede organizar toda su actividad exclusivamente alrededor de sus demandas. Precisamente porque quiere servirlos, necesita conservar algo que ellos esperan de ella que es su capacidad de tomar distancia, pensar críticamente y buscar la verdad incluso cuando ésta no coincide con lo urgente, lo rentable o lo popular. 

Esto no supone refugiarse en una visión romántica de la universidad ni rechazar su dimensión práctica. Todo lo contrario. La investigación puede convertirse en tecnología; el conocimiento puede generar empresas; una universidad puede contribuir al desarrollo de una comunidad, acompañar políticas públicas, ofrecer formación a lo largo de la vida o encontrar soluciones a problemas concretos. Todo eso forma parte de su extraordinaria capacidad de servicio. Pero hay una diferencia entre poner el conocimiento al servicio de la sociedad y reducir el conocimiento a aquello que produce una utilidad inmediata. La primera posibilidad ensancha la misión universitaria; la segunda corre el riesgo de empobrecerla.

Quizá por eso la pregunta con la que comenzábamos necesita una respuesta paradójica. ¿Para qué sirve una universidad? Sirve para formar, investigar, innovar, transferir conocimiento y contribuir al bien común. Pero también sirve para recordarnos que no todo aquello que merece la pena conocer tiene que demostrar primero para qué sirve.

En un mundo que exige resultados cada vez más rápidos, necesitamos instituciones capaces de pensar también en aquello cuyos frutos tardarán en llegar; en una cultura dominada por la utilidad, necesitamos espacios capaces de custodiar la verdad, la belleza, la memoria y las preguntas fundamentales. 

Tal vez ahí se encuentre una de las mayores contribuciones que la universidad puede hacer a nuestro tiempo: ser profundamente útil sin permitir que la utilidad mida defina por completo su valor.