Y no es que Pepe no apriete…

Cuando me aprietan bailando, yo me siento sofocá… Pero si bailo con Pepe, con Pepe no siento na… Lucho Bermúdez, Pepe. Es que no sabe apretar. La campaña del candidato ...

                Cuando me aprietan bailando, yo me siento sofocá…

                Pero si bailo con Pepe, con Pepe no siento na…

                Lucho Bermúdez, Pepe.

Es que no sabe apretar.

La campaña del candidato del PRI y sus rémoras tiene dos partes perfectamente definidas. Durante la primera, José Antonio Meade parecía todo menos orgulloso de haber sido designado candidato del partido en el poder. Durante el reinado del empresario taxista Enrique Ochoa Reza, la apariencia y el discurso del candidato de un triunvirato tan raro como los otros tres que se han organizado y disputarán la Presidencia el domingo, parecía pretender ocultar sus orígenes. Y el bote comenzó a hacer aguas.

Quien ha tomado todas las decisiones importantes en su sucesión, el presidente Peña, decidió echar mano de una vieja carta del priismo tradicional, el guerrerense René Juárez Cisneros, quien se ha pasado las pocas semanas que tiene a cargo de su partido recorriendo todas las plazas posibles para enmendar las ofensas y rompimientos con los viejos priistas que siguen muy dolidos por haber sido desplazados de las plazas importantes por advenedizos; por ejemplo, por el panista Javier Lozano. El cambio fue inmediato y radical. El candidato Meade comenzó a vestir las rojas chaquetas emblemáticas del PRI y pretendió ser más papista que el propio Jorge Bergoglio.

Ahí es donde Pepe ha demostrado que no sabe apretar, que le falta oficio político, una de cuyas principales cualidades es saber rodearse de gente más inteligente que uno para que le puedan llevar bien las cosas cuyo dominio le es ajeno. En una y otra etapa de su campaña no supo alejarse radical y rotundamente del partido que le dio la candidatura o abrazarlo con fervor renovador inquietante. Cuando lo hizo, este fin de semana reciente, lo hizo con el peor de los priismos imaginables: en su mitin de Minatitlán se hizo acompañar por el líder del sindicato petrolero, el señor Romero Deschamps en calidad de invitado de honor. ¿Hace falta decir más?

En el anochecer de las campañas, José Antonio Meade deja la impresión de que si llega a figurar prominentemente el próximo domingo, será a pesar suyo y a pesar de los que le manejaron su aparentemente efímero paso por la gloria de creerse probable presidente de su país.

PILÓN.- No hay modo de evadir el desempeño de los mexicanos en el Mundial de Rusia 2018. Lo mismo en la cancha que en la tribuna o en la calle, todos representan a su país, en el caso de los espectadores generalmente para lástima. Hay un historial negro en el que los que nos representan en las tribunas han protagonizado hechos bochornosos. Por poco y la FIFA le pone a la Federación Mexicana de Futbol una multa de medio millón de dólares por el gritito homofóbico de “Eeeeh puto” en el Mundial de Rusia. Todavía puede, si los entusiastas gritones insisten, restarle puntos de calificación a la Selección de nuestro país, que se ha distanciado de la actitud de los borrachines. Pero hay antecedentes. En el Mundial de Sudáfrica, a un entusiasta mexicano se le ocurrió la idea genial de ponerle a la estatua de Nelson Mandela —el padre de la patria de allá— un sarape y uno de esos ridículos sombreros charros que ni charros son. En el Mundial de Francia, a otro se le ocurrió orinarse en la llama eterna de la lámpara dedicada a la memoria del Soldado Desconocido. En Rusia, los escándalos han sido modestos, domésticos: Puras gracias de borrachos. No perdamos la esperanza. Todavía faltan —por lo menos— cuatro días. Y los ratoncitos verdes amenazan —sólo amenazan— que serán más de cuatro. Vistos los costes de ser espectador en Rusia 2018, podemos estar seguros de que estos especímenes tienen la suficiente lana para llegar hasta donde aguante.

Temas: