Sorpresa
Ya estaba olvidado mi amor fracasado y llegaste tú… La suave promesa de un amor que empieza como un madrigal. Gonzalo Curiel, Sorpresa Yo juego con los que me quieren escuchar, que no son muchos, a la adivinanza de cuánto tiempo va a ...
Ya estaba olvidado mi amor fracasado y llegaste tú…
La suave promesa de un amor que empieza como un madrigal.
Gonzalo Curiel, Sorpresa
Yo juego con los que me quieren escuchar, que no son muchos, a la adivinanza de cuánto tiempo va a durar el idilio de los mexicanos con su próximo presidente. El resurgir de la esperanza, la debacle de los constantes regímenes corruptos e ineficientes, el renacimiento mexicano llamado la cuarta transformación. Treinta millones de mexicanos no pueden estar equivocados, diría el comercial de nuestra juventud. Todos queremos ver a Olga…
Hay quienes apuestan a que este romance durará tres años, el tiempo necesario para que se cumpla una de las más seductoras promesas de campaña, la de someter a sufragio popular —como el del aeropuerto capitalino, así de limpio y transparente— la permanencia o no del presidente en su cargo. Los optimistas dicen que ésta, que Horacio Villalobos en su mordaz humor llamaría la horny moon, no aguanta los primeros seis meses de 2019. Los ilusos dicen que no dura febrero entero.
El hechizo que Andrés Manuel López Obrador ejerció sobre los mexicanos fue simplemente equivalente al hartazgo que habíamos experimentado con 70 años de ineficiencia, combinada con corrupción, que acaban por ser lo mismo. Los votantes compraron el discurso agresivo y sincero de acabar con los privilegios de los mandatarios anteriores. Aunque fuese ilegal e injusta, todos aplaudieron como focas de circo la promesa de que los expresidentes de México fuesen privados de todo ingreso y cobijo procedente del erario, aunque fuese la exigua pensión que el IMSS o el ISSSTE otorga a los que fueron empleados del gobierno cuando cumplen cierta edad. Ese gesto marcó el inicio de la era de la venganza.
Todo lo que tuviese el mínimo tufo de la administración anterior debe desaparecer. A todos los niveles. Lo mismo el aeropuerto de Texcoco que el emblema CDMX, que ahora identifica a la capital de México, o el nombre del tratado de libre comercio que a Donald Trump se le antojó poner las iniciales de su país primero en el USMCA. Como escribió el lombardo Giuseppe Tomasi di Lampedusa: para que todo siga igual es necesario que todo cambie.
Pero hay de cambios a cambios. Banda presidencial en pecho, el señor López reducirá, porque así lo prometió, no solamente los sueldos de la burocracia de medio y mayor nivel, sino de su nómina. Eso mandará a las filas del desempleo una cantidad de miles de mexicanos que probablemente tendrían que inscribirse como hondureños en el programa de inclusión a los planes de ocupación. Es posible que estos futuros desempleados hayan votado por Morena el uno de julio. En la frontera norte el IVA se reducirá al ocho por ciento. Similar camino tendrá el impuesto sobre la renta en esa zona. El erario tendrá menos dinero para becar a los ninis, duplicar las miserables pensiones a nuestros viejos y pagar las obras faraónicas de ahora, cancelando las anteriores, pero inventando otras. ¿De dónde va a salir la lana?
Pero hay otras sorpresas que se han ido desvelando: México dejará de exportar petróleo. Independientemente de que esta es una intención a tres años, su enunciado ha provocado estremecimientos en los mercados de inversiones —donde está el dinero, vamos— del mundo entero. No tenemos capacidad de sacar el oro negro de nuestros yacimientos; mucho menos de procesarlo. La gasolina de nuestros autos viene de Texas. Antes de acabar la primera refinería reciclada pasarán tres años.
Viene otra perla; para acabar con la corrupción —léase mordida y moche— van a desaparecer de inmediato los inspectores, nominalmente los del SAT y de la Profeco porque son mordelones. Cada uno de nosotros vamos a reportar nuestras ganancias, pagar nuestros impuestos y dar litros de a litro; de gasolina o de leche. Somos el pueblo bueno. Si esto es cierto, hay que ser consecuentes; ¿para qué necesitamos policías que vigilen el cumplimiento de las leyes de convivencia? ¿Por qué no eliminar a los agentes de tránsito, que son tan proclives a pedir, ante la violación del reglamento, una aportación voluntaria para lo que llaman los chescos?
Divina sorpresa, diría Curiel.
