Que Dios se lo pague
El hombre que está pidiendo limosna como un mendigo, hace mucho tiempo tuvo dinero, mujer y amigos. Miguel Ángel Robles, Dios se lo ...
El hombre que está pidiendo
limosna como un mendigo,
hace mucho tiempo tuvo
dinero, mujer y amigos.
Miguel Ángel Robles, Dios se lo pague
Independientemente, de que el fenómeno de la migración centroamericana rumbo al norte, anidándose en nuestro territorio, es una triste consecuencia del desequilibrio económico y social de la zona,
de Aguascalientes hacia el sur, su origen ha sido bastante turbio.
Nadie compra la especie de que de pronto miles de hondureños deciden emprender la marcha hacia la tierra prometida de manera espontánea, seguidos luego de chapines y nicas. La principal sospecha apunta, precisamente, hacia los Estados Unidos y su gobierno Donald Trump, en su cruzada para que le aprueben el presupuesto para el muro fronterizo, se antoja el principal beneficiario. La presencia de la caravana migratoria alimenta la sensación de que la frontera sur de su país está en peligro, cosa que no es cierta. Alguien, desde Tegucigalpa o Washington, estuvo azuzando esa marcha.
Los gobiernos de México, el anterior y el actual, han actuado con cautela y prudencia; incluso con generosidad. A diferencia de lo que ha sido uso normal con los migrantes centroamericanos, esta caravana ha sido muy bien tratada. Si en años anteriores los migrantes eran vejados, maltratados, asaltados y en el caso de las mujeres, a veces violadas, a los nuevos migrantes se les permitió entrar a México con papeles o sin ellos, se les alojó en albergues modestos que, sin embargo, proporcionaron un techo y alimento, así fuera frugal.
El presidente López Obrador ofreció a los que quisieran quedarse en el país regularización de su calidad migratoria y un incierto empleo. Los que quisieron seguir rumbo a la frontera norte tuvieron apoyo en su traslado.
A los mexicanos nadie nos ha informado lo que nos cuesta proporcionar a estos migrantes, que se cuentan en miles, albergue y alimentos, de la calidad que sean, ni quién pagó los autobuses en los que, raudo y veloz, el gobierno de nuestro país trasladó a los migrantes a la frontera norte. Las buenas conciencias de los estados por donde transitaron estas personas han dado cuenta de algunas conductas de estos peregrinos que califican de malagradecidas: en algunos casos se quejaron de la calidad de los alimentos que recibían o, simplemente, los rechazaron; a su paso dejaron en algunos sitios montones de basura o de ropa que se les había regalado y que no consideraron digna.
Se han dado algunos, escasos, actos de pillería o delincuencia. Limosneros y con garrote, se ha escuchado decir en algunos sitios. Especialmente en los que están sufriendo las consecuencias económicas de esa presencia, como es el caso de Tijuana, donde el cierre de la garita fronteriza más cruzada del mundo ha causado daños a la economía local, especialmente en comercio y turismo. Los centroamericanos han pasado de la humildad del arrimado a la insolencia del invasor.
Como toda manifestación de esta naturaleza, se han improvisado —o no— liderazgos aislados de por lo menos dos grupos de migrantes. Entre cien o doscientos hombres marcharon antier a las oficinas del Instituto Nacional
de Migración, que no tiene injerencia alguna en el trámite de asilo o refugio que las autoridades estadunidenses
reclaman. Luego, acudieron en dos distintos grupos al Consulado de los Estados Unidos en Tijuana. El segundo de los grupos pidió al gobierno gringo que agilice los trámites para su procesamiento migratorio: un trámite que, en términos normales, suele llevar entre cinco y diez años por cabeza.
Pero el primer grupo en llegar y ser recibido en el Consulado se voló la barda. Entregaron un pliego petitorio al gobierno norteamericano en el que le dan 72 horas para resolver la situación migratoria de estos miles. Si no lo hace, amenazan con una invasión masiva, con saltarse la valla y entrar al territorio yanqui por la fuerza. Para darle al señor Trump más argumentos para el muro.
Ofrecen una alternativa, sin embargo, que les den cincuenta mil dólares a cada uno para que puedan “regresar dignamente” a sus países. Si no, que se atenga a las consecuencias; tienen 72 horas, que se vencen mañana.
La ingenuidad del chantaje es primitiva, pero hay cosas que es necesario verlas para poder creer en su existencia.
