No me platiques más, déjame imaginar

No basta con un carpetazo que simplifique las cosas y nos deje a todos con el amargo sabor de la sospecha.

Los mexicanos nos encontramos, una vez más, inmersos en un clima de incertidumbre y sospecha a partir del desplome de la aeronave en la que viajaban la nueva gobernadora de Puebla, a diez días de haber tomado posesión, Martha Erika Alonso, y su esposo, el senador poblano y coordinador en el Senado de su bancada, Rafael Moreno Valle, por cierto, exgobernador del mismo estado. El anuncio inmediato de que no se habían encontrado muestras de agente extraño que pudiera haber provocado la caída abonó ese terreno: siempre la prisa por emitir dictámenes definitivos en casos como éste, alimenta el espíritu de que algo se trata de ocultar. La única certeza plena que los mexicanos podemos tener en el asunto es que nunca nos vamos a enterar de la verdadera verdad, como nunca sabremos quién mandó matar a Luis Donaldo Colosio o a Ruiz Massieu.

Es usual que en accidentes aéreos se acuda a dos explicaciones verosímiles, pero difíciles de aceptar a bote pronto. Una es el error de pilotaje y la otra es la falla mecánica. La primera es un absurdo de principio: los pilotos generalmente mueren en estos casos, y casi no hay en el mundo gente que salga a ejercer su trabajo con la decisión de morir en él. La segunda se cae por otros motivos: los aparatos que andan por miles cruzando los cielos son sometidos periódica y rigurosamente a inspecciones de funcionamiento por mecánicos calificados y responsables.

Si a esto agregamos el enrarecido ambiente político que estuvo rodeando las elecciones a la gubernatura poblana y el azaroso camino para que Martha Erika pudiese protestar, en recinto ajeno al Congreso estatal, el tema se vuelve más escabroso. Todavía resuenan en la memoria dos expresiones del presidente López Obrador: para Morena, el gobernador de Puebla es Barbosa, y que él no tenía nada que ir a hacer a Puebla en el tiempo cercano.

A ver quién cree ahora, me decía el lunes un colega, que nadie del gobierno federal de Morena tuvo algo que ver en el incidente. Eso explica el hosco recibimiento que sufrió la secretaria de Gobernación que, con la representación del presidente López, asistió a las exequias fúnebres de los cinco fallecidos. López Obrador no consideró prudente acudir al acto, atizando el fuego.

A esto se agrega un mal ya endémico del país. Puebla y Veracruz son estados en donde la delincuencia organizada del huachicoleo trabaja con eficiencia envidiable y equipamiento de excepción. Un helicóptero de las características del caído puede ser derribado fácilmente por un hábil tirador provisto de un fusil de alto calibre o un lanzagranadas de los que se adquieren con facilidad provenientes de Estados Unidos.

En toda esta circunstancia lo único que le queda al gobierno actual es hacer su mejor esfuerzo porque las investigaciones sean transparentes y verosímiles. No basta con un carpetazo que simplifique las cosas y nos deje a todos con el amargo sabor de la sospecha. Aunque ese mal sabor de boca estará presente por un rato largo. No vaya a resultar que la solución a esta inesperada y desagradable sucesión en el Palacio de Gobierno poblano se resuelva con la impericia y el tono atrabancado que parece ser la divisa de la cuarta República.

Temas: