No me amenaces, no me amenaces
España se encuentra, una vez más –cuándo no, al borde de un rompimiento, de una fragmentación, de esas que dejan muerta media España porque la otra media la mató. Esta vez, de nuevo, el tema es la separación de Cataluña del Estado español, y una vez más no hay ...
España se encuentra, una vez más –cuándo no-, al borde de un rompimiento, de una fragmentación, de esas que dejan muerta media España porque la otra media la mató. Esta vez, de nuevo, el tema es la separación de Cataluña del Estado español, y una vez más no hay visos de entendimiento, ni siquiera de alguna cercanía.
El lunes 1 de octubre se cumplió el primer aniversario del referéndum, convocado en 2017 y calificado de ilegal por el gobierno central. El lunes, miles de personas en Barcelona se lanzaron al Parlamento para chocar con la policía, que allá se llaman los Mossos. Desde entonces comenzó lo que los independentistas llaman la “movilización permanente”. A partir del músculo mostrado, el presidente de la Generalitat, Quim Torra, ha tomado vuelo y lanzado un ultimátum: Si el gobierno recién estrenado de Pedro Sánchez no organiza un referéndum vinculante sobre la independencia de Cataluña antes de noviembre, le retirará sus votos en las Cortes españolas, esto es, el Parlamento dejará al gobierno de Sánchez colgado de la brocha.
La amenaza es viable, especialmente ahora que Carles Puigdemont se hizo del control del Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT) y de ocho importantes escaños en la Cámara baja. “La paciencia no es infinita”, dijo el presidente.
El Estado español no puede aceptar la presión para el independentismo catalán. Primero, porque está convencido de que la secesión es favorecida por una minoría de los catalanes. Los separatistas dicen que son la mitad de su población. Segundo, porque reconocer la separación de la industrialmente importantísima Cataluña despertaría los apetitos de otros nacionalismos en pro de la separación, como los vascos, por ejemplo. Se iniciaría la salvaje desmembración de un país que tantos siglos tardó en integrarse.
Desde luego, el gobierno central tiene la última baraja de triunfo: El artículo 155 de la Constitución Española que le faculta para desconocer poderes locales y dar de hecho un golpe de Estado constitucional.
“No hay razones evidentes para aplicarlo”, dijo ayer la ministra portavoz del gobierno, Isabel Celaá. Sin embargo, puntualizó que el Ejecutivo “no acepta ultimátums y mantiene su determinación de continuar por la vía del diálogo”. Le ha pedido a Quim Torra distensión y calma. Y agregó: El presidente de la Generalitat no tiene que esperar hasta noviembre por una respuesta: “Autogobierno y no independencia; convivencia y no independencia”.
Paciencia, parece ser el mejor consejo para ambas partes. Zamora no se hizo en una hora. Pero las intolerancias del nacionalismo no terminarán en menos de dos generaciones.
PILÓN.- Poco a poco va apareciendo el peine en el asunto del acuerdo trilateral que tan prolongado trabajo de parto tuvo —especialmente por la mano del gato de Donald Trump—. Por lo pronto, el acrónimo de USMCA no solamente traduce el principio del America First, para que se lea Estados Unidos en primer lugar; no se advierte, sin embargo, las palabras free trade —libre comercio— por ningún lado. Se trata, simplemente, de un tratado entre tres países.
Poco a poco van saliendo otras cosas de inspiración trumpiana: Los tres países se comprometen a no establecer pactos comerciales con países que no estén del lado del comercio libre. Esto puede ser muy vago, pero tiene destinatarios específicos: China y Venezuela. Si a México se le ocurre firmar un pacto de libre comercio con China, los otros dos lo dejarán solo, saliéndose ellos del USMCA, por regla.
Siguen bastos.
