Mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo

Al igual que José Antonio Meade, eventualmente Ricardo Anaya Cortés puede figurar en las elecciones presidenciales del próximo domingo, pese a las debilidades de sí mismo y de las tonterías de su equipo de campaña. Al fin de cuentas hay por ahí un artículo de la tan ...

Al igual que José Antonio Meade, eventualmente Ricardo Anaya Cortés puede figurar en las elecciones presidenciales del próximo domingo, pese a las debilidades de sí mismo y de las tonterías de su equipo de campaña. Al fin de cuentas hay por ahí un artículo de la tan manoseada Constitución Mexicana que afirma que todos los mexicanos —incluyéndome a mí— pueden ser Presidente de la República. Salvo excepciones que en mi caso aplican.

Sin duda alguna, de todos los inanes spots que nos hemos tenido que chutar en estos últimos meses, los del candidato del PAN —dejémonos de paparruchadas de coaliciones— fueron los menos acartonados, los más creativos, menos mamones y más inteligentes. Igualmente, los anónimos visuales producidos para apoyar el voto a Andrés Manuel o descalificándolo, nunca quisieron decir su nombre, aunque no pudieron ocultar su talento.

No obstante, el hecho de que el lunes a primera hora —¿o será el martes, doctor Córdova?— tengamos resultados relativamente confiables del conteo rápido nos dejen con algún resultado de los comicios, lo único de lo que vamos a poder estar seguros es de que las encuestas de preferencias electorales valen un chisguete frente a los resultados de las urnas y que el dinero que las televisoras y radiodifusoras dejan de percibir por el regalo de su tiempo/aire pudo haber tenido mejor destino.

Se ha señalado en comentarios diversos que la campaña de Anaya se desinfló, mayormente después de la ratificación de las denuncias en su contra por corrupción múltiple y cínica. Su candidatura quedó en el vacío, propiciado por su pretensión elitista del políglota exquisito al que la señora Merkel recibe afectuosamente porque cree que Anaya es la personificación de la Social Democracia y la Democracia Cristiana alemanas. Mucha sangre azul, pero nada de sustancia. Sin embargo, en política todo es posible, y el hartazgo de los mexicanos frente a los partidos políticos, que dicen guiarlos y representarlos, puede inclinarse en cualquiera de los platos de la balanza.

En fin. Ya se acaba la campaña. Gracias a Dios.

PILÓN.- La discriminación  racial tiene historia en Estados Unidos. Miles de japoneses, luego del ataque de Pearl Harbor, pasaron a ser huéspedes incómodos, para ellos y sus custodios, de campos de concentración cuyos límites eran muy similares a las cercas de granjas de animales que contienen todavía a niños y niñas centroamericanos separados de sus padres. No hay que llamarse sorprendidos frente a la política neofascista de Donald Trump con los niños indocumentados.

La maestra Karina Franco Rodríguez me dice en un trabajo sobre el tema que no debemos escupir al cielo. Solamente en 2015, según datos de la organización Human Rights Watch, Estados Unidos deportó 35 mil niños y niñas indocumentados (mayormente centroamericanos) hacia México. Solamente el uno por ciento de esos desgraciados tuvo cabida en las estaciones migratorias. Exactamente lo que los gringos llaman shelters. De los datos más recientes, 16 mil 971 menores mexicanos fueron repatriados; el 85 por ciento, varones de edad entre 12 y 17. Los que no tuvieron la “fortuna” de acabar en una estación migratoria fueron —siguen siendo— sujetos a la más brutal extorsión, supeditación, explotación de todo tipo, especialmente la sexual, y finalmente el abandono y/o la muerte.

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