Memorias

En las primeras líneas de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, el doctor Juvenal Urbino, al detectar el olor de las almendras, entendió que Jeremiah de SaintAmour, refugiado antillano, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario bravo en ...

En las primeras líneas de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, el doctor Juvenal Urbino, al detectar el olor de las almendras, entendió que Jeremiah de Saint-Amour, refugiado antillano, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario bravo en el ajedrez, había decidido evadirse de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.

Otros optamos por suprimir los recuerdos, lo que resulta más fácil. Indudablemente, más cómodo.

Esta mañana de miércoles, en una muestra inexplicable de atavismo ritual, los mexicanos vamos a despertar con la angustia de que, una vez más, es 19 de septiembre. Como lo fue aquella mañana de 1985, como lo fue al mediodía de hace un año exactamente. Nada justifica ese temor: Los fenómenos naturales no tienen ni calendario ni palabra de honor y pueden darse en cualquier momento. Pero nosotros, más guadalupanos que católicos, podríamos esperar la repetición de un sismo. Hoy o mañana, en un mes o un año. Estamos sobre una plataforma bamboleante.

En realidad, lo que debiéramos hacer es refrescarnos la memoria. A un año del sismo de 8.2, el gobernador-senador-gobernador-senador-yo-qué-sé Manuel Velasco Coello sigue teniendo en su estado cuarenta escuelas de nivel básico prácticamente en ruinas. Cerca de 50 mil viviendas esperan, sin esperanza, el apoyo federal, estatal y municipal para repararse o reconstruirse.

Esto parece tan estrambótico como el itinerario de los 157 cadáveres por las carreteras de Jalisco dentro de una caja refrigerada porque no hay —todavía no hay— un lugar donde depositarlos. Hay cosas peores: Todavía hay, en la Ciudad de México, damnificados del sismo de 1985 que viven en condiciones de precariedad y de temporal refugio en chozas o bajo mantas y lonas. Sin casa y sin asistencia.

Pero ya se nos olvidaron. Como se nos van a olvidar también los damnificados del sismo de 2017, el 19 de septiembre, en Chiapas o Oaxaca, en Morelos o la Ciudad de México.

Mientras tanto, nos estamos divirtiendo con la supuesta consulta sobre el nuevo aeropuerto de la capital del país, cuando los costes de cualquiera de las soluciones serán enormes. Pero esto es parte del pan y circo que se nos está dando, como el tema de la bancarrota del país, que maldita la gracia ha hecho a los inversionistas nacionales y extranjeros que quisieran arriesgar sus dineros para invertir en este desdichado país.

PILÓN.- Los regiomontanos entienden la dura lógica que los aumentos en los combustibles tienen que reflejarse en las tarifas de transporte público que El Bronco acaba de decretar. Ahora, que esos aumentos se repiquen cada tres meses y vayan del 20 al 110 por ciento hacia el final de su ejercicio, parece demasiado. El transporte público en Monterrey es tremendamente caro; especialmente comparado con el mismo servicio en la capital del país. Pero eso no es lo importante. Si el transporte público en Monterrey fuese eficaz, limpio, seguro, puntual y climatizado, estaríamos dispuestos a poner un pesito más. Pero a como están las cosas, Jaime Heliodoro está poniéndole un clavo más a un ataúd político.

No hay que perder la memoria.

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