Enseñaste el cobre
Aparte de tus encantos también enseñaste el cobre Pepe Aguilar, Enseñaste el Cobre Esta es la última reflexión que dedico a la cantaleta, rito y mito del 2 de octubre no se olvida. Estoy hasta la madre de ver en todos los canales de ...
Aparte de tus encantos también enseñaste el cobre
Pepe Aguilar, Enseñaste el Cobre
Esta es la última reflexión que dedico a la cantaleta, rito y mito del 2 de octubre no se olvida.
Estoy hasta la madre de ver en todos los canales de televisión acomodados recuerdos de los que vivieron lo que ahora quieren recordar, y juicios de los que no vivimos nada de lo que pasó en 1968. Lo hago porque la memoria en sí tiene una prioridad epistemológica en mi vida. Por eso me refiero a estas fallas de la memoria que se dan en estos días. Dos de octubre no se olvida y en la Cámara de Diputados se coloca en letras de oro “A la memoria del movimiento estudiantil de 1968”. Dos de octubre no se olvida y el señor Amieva manda quitar, demagógicamente, las enormes placas de bronce en seis estaciones del Metro por contener el nombre del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
La historia no se borra ni se perpetúa con letras de oro o con la remoción de placas de bronce. La memoria está ahí, y basta. Gustavo Díaz Ordaz cometió —y asumió públicamente— graves errores en 1968. Pero de ahí a pretender borrar que la Ciudad de México tiene un Sistema de Transporte Colectivo Metro muy decente y eficiente gracias al presidente Díaz Ordaz, hay una gran distancia.
Es una cuestión de complejo nacional: la veneración de las estatuas. No hay en México una sola a Hernán Cortés, como sí hay una de Pizarro en Lima, cerca de la Plaza Mayor. Los dos fueron forjadores, a su modo, de dos nacionalidades americanas. Si uno recorre el país entero, es probable que encuentre más calles con el nombre de Carlos Salinas que con el de Benito Juárez. Hay por todo el territorio nacional miles de escuelas, presas, hospitales, plazas, hospicios y puede que hasta panteones que llevan placas con el testimonio que debemos agradecerle a los próceres que nos gobernaron la existencia de tales instituciones. Para ser consecuentes con este ataque de amnesia inducida, debiéramos comenzar por derribar la estatua de Fidel Velázquez —o de su sucesor, el que sea— en el edificio de la CTM. La lista es larga si vamos a los estados y los municipios.
La hinchada de lana que se van a dar los comerciantes de metales, que hasta ahora dependían de los rateros que quitaban pequeñas placas en las estatuillas de Paseo de la Reforma y que desde que hace años desmontaron y se robaron la estatua de Morelos de la carretera México-Cuernavaca, se frotaron las manos sabiendo que venían tiempos mejores, como canta Yuri.
Hay una estatua ecuestre en Oaxaca “al soldado Porfirio Díaz”, como hay otro monumento en Matamoros, Tamaulipas. En Tampico, en el balcón de una plaza del centro hay una estatua de Don Porfirio. Fuera de eso no hay más homenajes en bronce al héroe del 2 de abril. Alguien puso en las redes sociales, a propósito del despropósito del señor Amieva, una foto de una estatua ecuestre de Pancho Villa, de quién sabe dónde. La vocación de linchamiento cunde; se podría pedir también la cabeza —la de bronce, claro— de Emiliano Zapata. Y podemos seguir con la lista.
Nada más imbécil.
Si así quiere comenzar la administración que dijo que iba a hacer historia, tiene un concepto muy ladeado de la historia. Ésta no se hace por decreto, a voluntad; es lo que va quedando, al cribar del tiempo de lo que pasa todos los días.
A este paso, vamos a ver estatuas de Andrés López Obrador por todas partes y vamos a poner con letras de oro en el Congreso “Los desaparecidos de Ayotzinapa”.
