Ay dolor, ya me volviste a dar
Los gringos inauguraron una conducta sexual abierta y confesadamente honesta: todo se vale.
Estados Unidos es un país, relativamente, muy joven; precisamente, por carecer de historia sólida, necesita fortalecer su memoria reciente. Y lo hace de manera escandalosa, en modelos que nuestra sociedad no está acostumbrada a digerir.
Ayer ingresó a prisión para cumplir una pena de tres a diez años el actor negro Bill Cosby, quien durante décadas había sido en la televisión estadunidense un emblema de paternidad afable y amable.
A sus 81 años ha sido encontrado culpable de haber drogado y abusado sexualmente, años atrás, a una mujer. Más de 40 mujeres lo acusan de haberles hecho lo mismo al través de los años.
Brett Kavanaugh, prominente abogado que ha sido propuesto por Donald Trump como magistrado de la Suprema Corte, enfrenta cargos similares a los del actor.
Resulta que hace unos 40 años, recién ingresado a Yale, hizo una fiesta-borrachera en su cuarto del internado y ahí delante de otros jovenzuelos y jovenzuelas se encueró y le pasó el pene por la cara a una tal Deborah Ramírez, su entonces condiscípula, quien de pronto ha recuperado la memoria.
Estos casos, que se han vuelto virales desde que se desató el escándalo de los abusos sexuales en la vida de Hollywood, que suceden en todos los países del mundo y que, generalmente, inician en encuentros de sexo consensuado y consentido por ambas partes, ponen al descubierto la doble moral que rige la conducta social de estadunidense.
Protagonistas y promotores de la revolución sexual de los años setenta, los gringos inauguraron una conducta sexual abierta y confesadamente honesta: todo se vale, como diría Cole Porter.
Sin embargo, al mismo tiempo, los herederos de aquellos cuáqueros que emigraron de la victoriana albión para fundar un país más abierto y tolerante, se volcaron en el tobogán de los recuerdos ingratos en el que todo pasó de ser un juego de juventudes impulsadas por la hormona a casos penales de abuso sexual.
A final de cuentas todo puede reducirse a un juego político para ponerle a Trump un estate quieto, previo a las elecciones de noviembre, que son muy importantes porque los demócratas quieren tomar el Congreso.
Unas elecciones en las que Trump ya acusa al gobierno chino de estar metiendo algo más que sus narices y sus hackers para manejarlas. O, en el otro caso, enviar un mensaje a los famosos del espectáculo de que no son inmunes a la acción de los órganos de justicia.
Especialmente cuando se involucra la conducta sexual en un país que resultó ser más mojigato de lo que habíamos creído.
