Pobre del pobre

La semana que recién terminó y como primer plato del menú de optimismo nacional obligatorio en que los presidentes del país han convertido en diferentes formatos lo que se llama informe de actividades del Ejecutivo Federal ante el Congreso de la Unión, Enrique Peña ...

La semana que recién terminó y como primer plato del menú de optimismo nacional obligatorio en que los presidentes del país han convertido en diferentes formatos lo que se llama informe de actividades del Ejecutivo Federal ante el Congreso de la Unión, Enrique Peña Nieto y su aparato de propaganda disfrazada de información nos recetaron la interpretación de los datos difundidos por el Inegi y el Coneval sobre la pobreza en nuestro país.

En los últimos lustros, la manera peculiar que tiene nuestro gobierno de combatir la pobreza es cambiándole de nombre o haciendo subdivisiones de ella: pobreza extrema, pobreza simple, compuesta o pluscuamperfecta. Hay pobreza alimentaria, educativa, de salud o de vivienda. Para todos los gustos hay. Usted decide qué clase de pobre es.

De esta manera, los mexicanos debemos estar muy orgullosos. Celebremos señores con gusto que hay tres millones de paisanos que ahora son menos pobres que antes. Pasaron, es decir, de la tercera división a la liga de ascenso, dejaron de ser miserables para ser simplemente pobres, sin haber abandonado esa masa que es la mitad de paisanos que siguen sufriendo “las carencias sociales (que) están en su mínimo histórico”, en palabras del Presidente. Desde luego, nada más faltaba que la miseria se hubiera incrementado cuando estamos en el mundo feliz que Los Pinos proyecta todos los días en sus spots publicitarios del orgullo nacional, de dramaturgia tan patética y actuación paupérrima

En abril pasado se cumplieron veinte años, sin que mereciese mención laudatoria, de la muerte de Emilio Azcárraga Milmo, indudablemente uno de los pilares del sistema político mexicano actual. El vituperio nacional se encargó de sacar, cada vez que se le quería ofender por su prepotencia y clasismo, su frase dicha en banqueta de chacaleo: México es un país de jodidos.

Ése fue el peor pecado de este mexicano, decir las cosas como son y no como se les quiere maquillar.

Parte medular del discurso pronunciado el domingo en Palacio Nacional, ante un selecto grupo de invitados pertenecientes todos a la élite del poder de los mexicanos de empresarios, funcionarios y aspirantes a pertenecer a las dos categorías, preferentemente juntas, fue de advertencia ante los peligros del porvenir. Sin mencionar nombres, como es usual en la comunicación de la Presidencia, Peña Nieto afirmó que para nosotros “el pasado es conocido y por eso sabemos qué queremos y qué debemos evitar”. Otra vez asustarnos con la imagen de un Andrés Manuel como potencial venezolizante de México para dar inicio informal a la campaña por la Presidencia del país.

Pero la ceremonia en sí fue reflejo del pasado demagógico que se rechaza en el discurso: otra vez, las ovaciones de pie ante frases tan sobadas como el de la defensa de la soberanía nacional y el compromiso de no ceder ante los desplantes de —otra vez sin decir su nombre— Donald Trump, y sus supuestas presiones en las negociaciones del TLCAN. Como siempre, el Informe del Presidente fue un recuento de logros y un reconocimiento de retos, que se parece mucho al viejo chiste, simple popular y campesino de la mosca que, montada en lomo del buey le dice “vamos arando”.

Pobre país, que necesita la existencia de una entidad —el Inegi— cuya principal misión es medir la pobreza. Pobre de un país que requiere de un aparato burocrático, el Coneval, que certifique la eficiencia de los organismos burocráticos dedicados a sacarnos de pobres.

Veinte años después de su muerte, las palabras de Azcárraga siguen siendo válidas. México es un país de jodidos.

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