Mujer, mujer divina
Dejémonos de paparruchadas. Nacimos de mujer y tenemos casi todos mujer por pareja. Muchos, hijas por descendencia. Honremos a la mujer todos los días sin ceremonias. Con actos reales.
Por una inevitable vocación ceremonial, gradualmente hemos plagado el calendario de fechas dedicadas. Prácticamente no existe uno solo de los 365 días que no estén consagrados a una entidad, personaje, manifestación o actividad específicos. De esa manera tenemos el día del árbol, el del trabajo, el de las madres, el del niño, el del médico, el de la enfermera, el del soldado, el de la bandera o el del abuelo o el compadre. La lista es de 365 celebraciones de la hipocresía y el cinismo.
Es obvio e indiscutible que a nuestra madre deberíamos celebrarla, respetarla y amarla todos los días, no solamente el 10 de mayo. Pero lo mismo debe ser regla para honrar a los ancianos, a los niños, a la bandera o las enfermeras. La realidad nos indica que ni siquiera en esas fechas emblemáticas rendimos el mínimo respeto al simbolismo que hemos adjudicado a las fechas. Y no estoy hablando de una conducta exclusivamente mexicana.
Ayer vivimos una payasada de este jaez. Clara Zetkin, comunista alemana de inicios del siglo pasado, propuso en 1910, en el encuentro internacional de mujeres socialistas en Copenhague, dedicar un día a la mujer trabajadora o día internacional de la mujer. Se trataba de honrar una huelga de obreras de la industria textil norteamericana en 1909. Desde entonces se celebra el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer. El origen comunista del festejo hizo que los países occidentales le vieran con cierto recelo. Solamente en el último cuarto del siglo XX la fecha se fue institucionalizando. Ayer, supuestamente, hubo un paro mundial de mujeres cuya efectividad equivale a la que tuvieron las dos marchas simultáneas en contra de Donald Trump, que hicieron el ridículo el otro día en la Ciudad de México.
Dejémonos de paparruchadas. Nacimos de mujer y tenemos casi todos mujer por pareja. Muchos, hijas por descendencia. Honremos a la mujer todos los días sin ceremonias. Con actos reales. En contra de la discriminación de género, los pagos desiguales, el trato insultante, la trata de blancas —negras y morenas— y el feminicidio. Si hacemos lo mismo con el árbol, el libro, el soldado, la patria y todos los otros objetos de homenaje en un cierto día, habremos avanzado en la civilidad y la cultura.
PILÓN.- Hay conceptos legales que surgieron con el propósito de nivelar los defectos jurídicos que la torcida tradición mexicana habían propiciado. Uno de ellos, por ejemplo, ha sido durante decenios el matrimonio por bienes comunes que se daba casi en automático; se trataba de proteger, sin duda alguna, a las mujeres en caso de divorcio, en el supuesto —no siempre cierto— de que las mujeres mexicanas no estaban capacitadas para valerse y mantenerse sin marido.
El otro es el de la autonomía universitaria. Concebida como un resguardo a la libertad de cátedra y la diversidad de criterios dentro de las instituciones públicas de enseñanza superior, devino casi de inmediato en una extraterritorialidad de las universidades en la supervisión del manejo de sus finanzas que, por venir del erario, son patrimonio del pueblo.
En un tercer sitio hay que ubicar el fuero. La idea era proteger a los legisladores de oposición ante las medidas de venganza política que el Ejecutivo podía ejercer, y las ejercía, cuando las posturas de los miembros del Congreso resultaran molestas al señor en el poder. También se tergiversó y se aplicó como patente de corso para violar cuanta ley hubiese sin que pudiese aplicar a la acción penal.
Afortunadamente, la propia evolución social va terminando con los matrimonios en comunidad de bienes. La autonomía universitaria sigue esgrimiéndose para impedir la supervisión pública del manejo financiero de la educación superior. Gradual y lentamente los congresos locales han ido acabando con el fuero cómplice de funcionarios y legisladores pillos. Nuevo León ha sido el más reciente ejemplo y es un estado que pesa.
