Media vuelta

Angela Merkel, canciller de Alemania, y en consecuencia la persona política más importante de Europa, se formó en la República Democrática Alemana. Por ello entiende perfectamente el estigma que les es adjudicado por los dogmáticos de todo signo a los distintos, a los ...

Angela Merkel, canciller de Alemania, y en consecuencia la persona política más importante de Europa, se formó en la República Democrática Alemana. Por ello entiende perfectamente el estigma que les es adjudicado por los dogmáticos de todo signo a los distintos, a los disidentes, a los diferentes. La primera reacción de la señora Merkel al enterarse del atentado con un tráiler sobre un mercadillo en la avenida de Kurfürstendamm, la más importante arteria urbana de la capital de su país, fue el deseo de que el culpable del criminal acto no fuese un refugiado. Ella ha sido la más intensa de las defensoras del principio de abrir las puertas de Europa a los hombres, mujeres y niños de África del norte y del sur que han tenido que dejar sus tierras para alejarse de la guerra, la persecución y, sobre todo, el hambre.

El terrorismo, en sus etapas iniciales del siglo pasado, solía estar rodeado de cierto halo romántico. Así, el atentado en contra de Heydrich en las calles de la Praga ocupada, es recordado ochenta años después como un acto heroico contra el ocupante nazi y en la memoria colectiva queda solamente la destrucción del pueblo de Lídice como represalia por el acto de terrorismo. Hasta el asesinato de Ferdinand d’ Este en Sarajevo, así haya causado la Primera Guerra Mundial —o haya dado pretexto para ella— no se ve a la distancia como un acto reprobable. El asunto es que las víctimas representaban o encarnaban realmente a una casta, una clase, un grupo opresor que no tenía nada que ver con el pueblo de a pie.

En algún momento comenzaron a morir miembros de esa masa que no tenía nada que ver ni con la lucha de los oprimidos ni con la decencia de los sojuzgados. Cuando las víctimas de los atentados terroristas eran como nosotros, sin deberla ni temerla, los terroristas perdieron la simpatía de la historia cotidiana. Los actos que pretendían difundir una actitud de rebeldía, propagar una idea libertaria y hacer digna una conducta violenta consiguieron exactamente lo contrario. En lugar de cosechar simpatías en el subconsciente colectivo despertaron el repudio y, con frecuencia el odio dogmático.

Por eso se entiende la preocupación de la señora Merkel. Los atentados de Berlín, de Zúrich, los de París o los de Bruselas han abonado al odio y el rechazo que los inmigrantes africanos —y de manera especial los musulmanes— en la Europa que tradicionalmente ha sido racista y clasista y que actualmente se ha sumergido en un miedo generalizado al islam y todo lo que está relacionado con él. Angela Merkel tiene miedo que ahora, en represalia, el terror blanco se enfrente al terror de la media luna; y eso significa dar la media vuelta en la simpatía y escaso afecto para sustituirlos por el odio y la militancia agresiva.

El fenómeno empezó a tomar carta de naturalización a inicios de este siglo por el atentado magno del 11 de septiembre, pero Europa, que no ha conocido tragedias de esa magnitud, pero sí de muchas pequeñas de ellas dispersas por su geografía, es tierra fértil para esa respuesta. Por eso la señora Angela está preocupada.

Nada que pueda hacer la canciller, con todo el poder que su cargo y la economía que les sustenta le da. La historia puede ser decidida por los grandes líderes. Es la gente de todos los días la que le da los cadáveres y los victimarios para cambiar su curso.

Temas: