Albricias
China no nos está haciendo el favor de protegernos frente al ogro de pelo pintado: está buscando acceso a una plataforma estratégicamente importantísima, al ladodel mercado más grande del mundo.
No me pidas que te quiera, porque te estoy adorando...
Claudio Estrada, Albricias.
No suelo disentir de las Razones de mi estimado Jorge Fernández Menéndez, por el contrario, las encuentro con frecuencia coincidentes con mis cánticos, y a él le considero un analista informado, serio, inteligente y de buena estirpe. Por eso me sorprendió ayer ler su columna Gracias China, pero no, en la que Jorge refiere lo por él publicado en noviembre 14 sobre la estrategia Trump hacia nuestro país, deducido de charlas con operadores cercanos al equipo de Donald Trump en México. Porque no puedo compartir su visión, que deduce que “pensar en una ruptura con Estados Unidos para apostar en una estrecha relación con la nación asiática suena, en nuestra situación, descabellado”. No debemos, concluye Jorge, cambiarnos de calle.
Según esto, la idea de Trump “no es desaparecer el Tratado de Libre Comercio, sino darle una vuelta de tuerca: acrecentar la relación tanto de México como de Canadá para crear una zona estratégica aliada que le permitiera avanzar en la confrontación económica y comercial con China”. En consecuencia, México debiera buscar actores regionales o nacionales. Escribe Fernández Menéndez: “Para Trump el problema no es México y al contrario lo requiere como aliado en esa confrontación que creen inminente. Pero lo quiere bajo sus propias condiciones”.
Y ahí es donde yo coincido con él.
La política no es filantropía social. Los gobiernos no están para procurar la bonanza de los demás ni el beneficio de todos. Si la hipótesis de que Trump quiere usar a México y Canadá para joderse a China es válida, y no lo dudo, también lo es que en el ajedrez político mundial México no es ni torre ni alfil. China no nos está haciendo el favor de protegernos frente al ogro de pelo pintado: está buscando acceso para ella a una plataforma estratégicamente importantísima, al lado del mercado más grande del mundo. Por eso, la cancelación del tren rápido a Querétaro, que hace dos años y pico había ganado China Railway y que —dicen— le costó a México quinientos millones de dólares por incumplimiento de contratos, molestó más a los chinos que a los que les pagaron la multa.
Oblicuamente, Jorge aduce que el fantoche de Trump es puro jarabe de pico. No cumplirá todo lo que ha adelantado. Cito: “Aplicar impuestos adicionales del 35% a cualquier empresa que quite una planta de Estados Unidos suena muy bien para una campaña, pero como política económica se topará primero con la realidad: las grandes empresas en la actualidad son globales, no nacionales, invierten donde quieren, pero se toparán también con el Congreso y con la propia normatividad internacional”.
Yo quisiera una vez más coincidir con Jorge. Después de todo, la palabra albricias nace de la expresión árabe al bisara!, que se emite cuando uno recibe buenas noticias; es la contraparte de la práctica griega de matar al mensajero de las malas nuevas.
Pero no puedo evitar pensar que la propuesta de 35% de impuestos a los carros Ford que armados en México regresen a Estados Unidos es una amenaza real, que tendrá efectos graves a la inflación norteamericana. No puedo pasar por alto que el Congreso de Estados Unidos está, singularmente, dominado por el partido —¿o el grupo político?— del Presidente entrante. No se me escapa tampoco que la normatividad internacional se mueve como las corporaciones del dinero quieren.
Yo estoy muy lejos de sugerir un matrimonio con los chinos. Creo que en política y sobre todo en economía el amasiato es una figura más conveniente, no solamente con los chinos o con los gringos. Con América Latina, con la Unión Europea, con Escandinavia, Australia, Israel o los países africanos. Con los países árabes. Con quien se deje.
Ya va siendo tiempo de que los mexicanos abandonemos la idea de que los que se deben de dejar somos siempre nosotros.
