Yo sé bien que estoy afuera
En mi barrio a los proxenetas se les decía padrotes, y esto quiere decir hombres que se dedican a explotar mujeres para el ejercicio de la prostitución.
Ha comenzado en París el juicio contra Dominique Gastón André Strauss-Kahn y otras trece personas, todos acusados de proxenetas en la zona de Lille, al norte de Francia. En mi barrio a los proxenetas se les decía padrotes, y esto quiere decir hombres que se dedican a explotar mujeres para el ejercicio de la prostitución.
Todo eso sería irrelevante si el señor Strauss-Kahn no hubiera sido, años atrás, el respetable director gerente del Fondo Monetario Internacional, una de las instituciones financieras que mueven el pandero cuando nos toca bailar la danza del dinero. A ese cargo, el economista francés renunció en 2009, luego de cuatro años, cuando una recamarera del hotel Sofitel de Nueva York lo acusó de acoso sexual. La vida de quien fuera en algún momento promisoria figura para la presidencia de Francia parece ofrecer simplemente el perfil de un viejo cachondo. En sus propias palabras, están tratando de penalizar la lujuria, y las fiestas que le han dado fama internacional son cosa común y corriente en París, según le dijo él mismo al semanario Le Point.
Pero no solamente en París. El príncipe Andrés, duque de York, anda en líos por culpa de su amigo de muchos años, el multimillonario Jeffrey Epstein, quien también enfrenta cargos legales. El señor Epstein ya tuvo una condena de 18 meses en 2008 por haber inducido a la prostitución a mujeres menores de edad. En fiestas de este jaez, organizadas por el empresario, disfrutó ampliamente el hijo de la reina Isabel. Andrew, al hacerse público este escandalito, tuvo que renunciar al cargo de embajador del Reino Unido para el comercio, gracias al cual viajaba con Epstein al Caribe para sus envidiables fiestecitas con jovencitas llevadas en los aviones privados del empresario.
En la legislación francesa, el trato con prostitutas no es ilegal; el proxenetismo sí lo es, y el agravante de la minoría de edad de las chicas involucradas, aunque fuese de mutuo consentimiento, mete en apuros a los viejos rabo verde, como Strauss-Kahn y el príncipe ya-no-me-acuerdo-qué-turno en la herencia de la corona de Elizabeth Regina.
Que la prostitución es tan vieja como el ser humano lo sabemos todos. Que su vinculación a los círculos del poder es inevitable lo marca el esquema monetario que nos maneja. Las cortesías de favores sexuales por profesionales del oficio son parte indisoluble de los acuerdos comerciales, industriales, diplomáticos y políticos en todo el mundo. Dicen los que saben, que altos ejecutivos de los países árabes se niegan a firmar contratos de muchos ceros si no se les ha proporcionado “habitación con almohada” en sus hoteles. La almohada es un cuerpo humano; preferentemente de mujer.
La mecánica opera de ida y vuelta. Muchas veces, las suripantas actúan como señuelo y trampa para luego ser usadas como motivo de chantaje para los infieles maridos. Durante la Guerra Fría esa práctica no fue extraña, de un lado y el otro del Muro de Berlín.
Reyes, los de la baraja, decimos algunos. El desprestigio incesante de las casas reales de Europa, pues no creo que queden otras, y las dinastías árabes son tan herméticas como las burkas de sus mujeres, hace que ya veamos con sorna a los príncipes y las princesas, salvo que salgan de los cuentos de los hermanos Grimm.
No ha de pasarle gran cosa a Dominique Strauss-Kahn. La pena máxima podrá saldarse con una jugosa fianza; la casa real de Gran Bretaña ha sabido ocultar el escándalo de su garañón príncipe con un largo historial de novias y amantes. Aquí no pasa nada y yo sigo siendo el rey.
