Solidaridad a la mexicana
El maestro de Secundaria pidió a sus alumnos que completaran la frase: “Sabes que eres mexicano por…”. “¡La comida y el pozole!”, gritó emocionado un alumno de primero. “Por los albures”, dijo con picardía un chico de tercer grado. Las adolescentes del ...
El maestro de Secundaria pidió a sus alumnos que completaran la frase: “Sabes que eres mexicano por…”.
“¡La comida y el pozole!”, gritó emocionado un alumno de primero. “Por los albures”, dijo con picardía un chico de tercer grado. Las adolescentes del grupo de danza agregaron: “Por los trajes típicos y la música”. Porque el “ahorita” significa después, luego o nunca, pensé.
Pero el profesor de Español —que conducía la ceremonia cívica y cultural del 15 y 16 de septiembre—, les recordó que los mexicanos somos solidarios, que en momentos difíciles y de tragedia sabemos tendernos la mano.
Las madres, padres, abuelas y tutores presentes asintieron con la cabeza. Y es cierto. Los mexicanos nos movilizamos —debería decir “nos apuntamos”—, para ayudar, rescatar, cuidar, donar, recolectar y llevar ayuda a las víctimas de huracanes, temblores o inundaciones, o a quienes sufren por accidentes fatales, como el de la pipa que se incendió en el puente La Concordia o cuando se desplomó un tramo de la sección elevada de la Línea 12 del Metro ocasionando la muerte de 26 personas.
Uff. Qué semana tan cargada de emociones, ¿no lo cree, querida y querido lector? Y no me refiero únicamente a las que provocan los festejos patrios, sino también a aquellas que nos hacen un nudo en la garganta, como cuando somos testigos o protagonistas de esa solidaridad a la mexicana.
Esa solidaridad que, una vez más, se hizo presente para recordarnos de qué estamos hechos, a pesar del encono y la polarización que nos quieren sembrar los políticos. El simulacro del 19 de septiembre no sólo fue un ejercicio de protección civil, fue un recordatorio de la tragedia del 85 y un eco de lo que somos cuando las circunstancias nos lo exigen.
Hace 40 años, querido centennial o millennial treintañero, la Ciudad de México fue sorprendida con un terremoto que, más allá de la destrucción y la muerte, mostró la esencia de la ciudadanía. No había clases sociales ni diferencias, sólo un objetivo: ayudar, buscar y proteger. Con sus manos, removieron escombros, habilitaron albergues, organizaron la distribución de alimentos y agua. Los medios de comunicación sirvieron de puente para conectar a las familias. El trágico suceso no sólo despertó la solidaridad, también la conciencia de la sociedad. Los ciudadanos vieron su fuerza y poder de organización y lograron lo impensable: que un gobierno aceptara a la sociedad civil como interlocutor.
La organización social no sólo fue un hito en la reconstrucción, sino que se convirtió en un actor político plural y tolerante, y transformó el panorama político de la Ciudad de México y del país, desde el 88 y hasta ahora. 32 años después, el 19 de septiembre de 2017, la historia se repitió. Pero esta vez, la solidaridad ciudadana se alió con la tecnología. Ingenieros civiles, de audio, cineastas y hasta productoras se sumaron de forma espontánea a las labores de rescate.
Con georadares, cámaras térmicas y micrófonos de condensador —usados normalmente en sets de filmación—, buscaron señales de vida bajo los escombros. La tecnología de posproducción de sonido se usó para aislar cualquier indicio de voz o movimiento, y las plantas de luz de las productoras cinematográficas iluminaron las noches de rescate en el Colegio Rébsamen y la avenida Ámsterdam, de acuerdo al reportaje de mi compañera periodista Claudia Solera (Excélsior, 27/09/2017).
Y estos últimos días, esa misma solidaridad se manifestó en Iztapalapa tras la tragedia del pipazo. Mientras las autoridades aún evaluaban los daños, los vecinos ya estaban organizándose, ayudaron a los quemados, llevaron comida, pan, agua e instalaron un albergue improvisado con catres afuera del hospital Magdalena de las Salinas. Mientras las fuerzas políticas parecen empeñadas en dividirnos, en sembrar rencor y señalar enemigos, la sociedad mexicana demuestra que sabe unirse. Que los colores de los partidos, los credos y las clases sociales se diluyen frente a la necesidad.
Los mexicanos somos mucho más que las diferencias que los políticos nos quieren endilgar. Somos una nación construida sobre el valor del otro, sobre el apoyo mutuo y sobre la solidaridad.
El desafío ahora es mantener esa solidaridad viva, no sólo en momentos de crisis, sino en la cotidianidad, en el día a día. Porque la mejor forma de honrar nuestra historia, de honrar a los que ya no están, es construir un país en el que la ayuda no sea la excepción, sino la regla.
