No estaríamos mejor sin ti…

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo hablar de la salud mental? ¿Por qué ignoramos las llamadas de atención? ¿Por qué dejamos que nuestros adolescentes y jóvenes se sientan solos, angustiados, ansiosos, estresados o depresivos? Nos escandalizamos con el asesinato de un ...

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo hablar de la salud mental? ¿Por qué ignoramos las llamadas de atención? ¿Por qué dejamos que nuestros adolescentes y jóvenes se sientan solos, angustiados, ansiosos, estresados o depresivos? Nos escandalizamos con el asesinato de un estudiante de bachillerato, cuando un joven o un niño se convierten en sicario o cuando nos enteramos del suicidio de un chico o chica.

Inundamos las redes de expresiones de impotencia, coraje, responsabilizamos al Estado, pero al día siguiente la conversación se apaga. La verdad incómoda es que miles de jóvenes viven al borde del colapso emocional sin encontrar una red de apoyo.

La UNAM y la UAM tienen estadísticas sobre la situación emocional de sus estudiantes y son preocupantes. Las autolesiones, así como las ideas suicidas, intentos y suicidios están al alza.

En ese panorama sombrío, una luz comenzó a encenderse en la Unidad Lerma de la UAM. Se llama Panteras Guardianas, un programa de prevención del suicidio que parte de una idea tan poderosa como sencilla: formar personas sensibles y éticamente comprometidas para escuchar, acompañar y referir a quien atraviesa una crisis emocional.

El curso, que dura ocho horas, no pretende fabricar terapeutas improvisados ni suplir a los profesionales de la salud mental. Su meta es más humana y urgente: construir una comunidad que sepa mirar y actuar. Que reconozca el sufrimiento sin juzgar, que escuche sin interrogar, que acompañe sin imponer soluciones.

Su modelo, ESPERA —Escuchar, Sentir, Preguntar, Esperanza, Referir y Acompañar—, enseña que una palabra, una pausa, un gesto pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Que el simple acto de decir “estoy contigo” puede frenar una cadena de pensamientos autodestructivos.

Lo más valioso de este esfuerzo no está en sus cifras —con apenas un centenar de guardianes capacitados—, sino en su impacto silencioso. Jóvenes que buscan ayuda porque “un amigo pantera” les recomendó acercarse; profesores que aprenden a validar el dolor de un estudiante; espacios universitarios que comienzan a transformarse en lugares de contención y no de indiferencia.

El programa se acompaña de un protocolo institucional con un nombre que lo dice todo: “No estaríamos mejor sin ti”. Una frase que desarma, porque enfrenta la idea fatalista de que la vida de uno no importa. En una sociedad donde abundan los mensajes de éxito vacío, este proyecto devuelve el sentido a lo esencial: el valor de la existencia y la necesidad de comunidad.

Y mientras tanto, la UNAM enfrenta su propio espejo: uno de cada tres jóvenes presenta algún trastorno mental, pero sólo cinco de cada 100 reciben tratamiento; las mujeres concentran los índices más altos de depresión y ansiedad; los hombres registran mayor prevalencia en abuso de alcohol y drogas, y los estudiantes con identidades sexuales diversas enfrentan un riesgo significativamente mayor de padecimientos mentales, derivado de la discriminación y la exclusión social, de acuerdo con el Proyecto Puertas Universitarias para Estudiantes Sanos, que obtuvo mi compañera periodista Laura Toribio.

En el último año, la UNAM extendió su programa Espacio de Orientación y Atención Psicológica —Espora— a todos los planteles del bachillerato, donde más de 106 mil jóvenes cursan entre los 14 y 18 años, porque cada vez más solicitan atención psicológica por cuadros de ansiedad, depresión y conflictos familiares o afectivos.

Muchos de ellos han vivido uno o más tipos de violencia —intrafamiliar, de género o sexual—, y presentan afectaciones emocionales profundas: tristeza, desesperanza, falta de motivación. En los casos más graves, algunos enfrentan trastornos de personalidad o episodios psicóticos.

La tragedia del CCH Sur y la ola de amenazas que sacudió diversos planteles universitarios expusieron el impacto emocional que viven los jóvenes. Y también la urgencia de transformar las universidades en espacios de cuidado colectivo, no de sospecha ni de aislamiento.

No se trata de desconfiar del compañero que se ve “raro”, sino de acercarse, preguntar y acompañar. De capacitar a tutores, profesores y alumnos para reconocer señales y activar protocolos de ayuda. La prevención debe estar dentro de las aulas, en la relación cotidiana entre docentes y estudiantes, en una cultura de respeto, diálogo y empatía.

El mérito de la UAM Lerma está en haber entendido que la prevención no comienza en el consultorio, sino en el vínculo humano. Que no se trata de “curar”, sino de acompañar, de romper el silencio antes de que sea irreversible.

Cada historia importa. Cada palabra puede salvar. Y, recuerda, no estaríamos mejor sin ti…

Temas: